sábado, 16 de noviembre de 2019

Meseta

de Juan Palacios. España, 2019. 89’.
16 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (Sección: Rellumes).

Un ortomapa mesetario sirve de preámbulo. Luego bajamos a tierra y acompañamos a un rebaño de ovejas cruzando por debajo de una autovía. Finalmente las recogeremos con los perros antes de que llegue la tormenta. En medio, la vida cotidiana de las gentes de este paisaje ancho y fascinante de la meseta castellana.

Ni una sola vez se dice, ni en la película ni en el estupendo coloquio posterior, la España vacía (y mucho menos esa estupidez de la España vaciada -pobre Sergio del Molino, él no tiene culpa de lo que ha pasado con el título de su libro-). Y eso ya es un gran mérito de Juan Palacios. El otro es saber contar, no una historia, sino un espacio humano. Meseta es un estupendo documental que merece (que los está recibiendo) muchos premios. Sobre todo porque lo que muestra nunca es impostado. Parte de esa inspiración que el director reconoce que procede de esos veranos zamoranos de su infancia (los de la mía fueron, y siguen siendo, salmantinos). Meseta tiene la dosis justa de seriedad y de humor para que lo uno no se convierta en amargura o denuncia redundante y lo otro no banalice el valor de lo mostrado. Es una película que debería interesar a mucha gente. Entiendan o no lo que es o ha sido vivir en la meseta.

Ne croyez surtout pas que je hurle

de Frank Veaubais. Francia, 2019. 75’.
16 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (Sección: Rellumes). V.O.S.

Tras el fin de una relación sentimental, Frank Veaubais quedó  varado y aislado en un pueblo de Alsacia que detestaba. Encerrado y deprimido pasa ese tiempo viendo cientos de películas antes de volver a París. Su voz nos cuenta en presente continuo como lo vive mientras vemos un mosaico casi infinito de imágenes de películas que ilustran elusivamente lo que nos va contando. 

No es un diario filmado pero sí es un diario. No son imágenes buscadas pero sí encontradas. Es un singular ejercicio de conexión (por asociación de ideas) entre un texto con gran valor (entre literario y de ensayo) y unas imágenes compuestas al ritmo justo que requiere un lector (aquí un espectador) inteligente y atento. Tiene la brillantez de un Houllebecq que no fuera cínico, ni misántropo, ni reaccionario, sino buena gente. O la calidad introspectiva del Manuel Vilas de Ordesa pero con más lucidez y menos masoquismo. Y tiene también una cualidad única: la de saber encontrar (quizá sin buscar) las imágenes adecuadas no para cada pensamiento, sino para el fluir del pensamiento y el de saber coserlas con la cadencia perfecta para que el espectador las disfrute sin tregua. Me cae muy bien Frank Veaubais. Por el cine que hace, por la forma en que piensa y por la lucidez y coherencia de lo que defiende. Ha sido un gusto ver aquí su magnífica película. Y escucharlo después en el estupendo coloquio que siguió a la proyección.

Video blues

de Emma Tusell. España, 2019. 74’.
16 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (Sección oficial -no competición-).

Vemos los videos familiares de Emma. Desde que su padre la filmaba con su hermana en las vacaciones familiares antes del aquel accidente en que murió, hasta las reuniones de amigos cuando su madre ya tenía cáncer. También hay videos suyos más recientes. Y siempre su voz y la de Javier comentando lo que vemos. 

En el coloquio que siguió a la proyección, Emma Tusell reconoció que se animó a hacer esta película cuando vio Mapa de León Siminiani. Pero nada que ver. Tampoco tiene nada que ver con esos videos encontrados que a veces  son la ocasión para componer películas tan raras, pequeñas y magníficas como Sobre la marxa de Jordi Morató o Os días afogados de César Souto Vilanova y Luis Avilés Baquero. Tampoco tiene ningún parentesco con esos diarios filmados tan magníficos como Photografic memories de Ross McElwee, Stories we tell de Sarah Polley o Guest de José Luis Guerín. Yo digo, Video blues no tiene nada que ver con todo eso.

Blanco en blanco

de Theo Court. Chile, 2019. 100’.
16 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (Sección oficial).

Pedro va a la casa de Mr. Porter en la Tierra de Fuego. Allí tiene el encargo de retratar a la adolescente con la que se va a casar el potentado. Él es un fotógrafo con vocación de artista que queda fascinado por esa niña y le hará más retratos y más intencionados. Luego tendrá ocasión de plasmar también su arte retratando el exterminio de los indígenas de la zona que llevan a cabo los empleados de Mr. Porter. Él lo documenta fotográficamente con mucho gusto.

Blanco en blanco compondría un díptico perfecto con Jauja, la película de Lisandro Alonso que también tiene un pase especial en esta edición del festival. Y casi formaría un tríptico temático con El movimiento de Benjamín Naishtat que también estuvo hace cuatro años en este festival. Con unas imágenes impresionantes y ese actor siempre magnífico que es Alfredo Castro (del que acabamos de ver en el festival de San Sebastián otra  interpretación estupenda en El príncipe de Sebastián Muñoz ), Blanco en blanco es una propuesta doble sobre los cruces entre el arte y la ética. Esos que generan tanta polémica a propósito de obras como las de Balthus o Nabokov o en los que se confunde la denuncia con el morbo cuando se trata de levantar acta de algunos dramas humanos. Theo Court no tiene miedo a que su película resulte demasiado parsimoniosa y eso ahuyente a muchos públicos. Igual que Lisandro Alonso, busca una coherencia estética que requiere esos ritmos demorados y esas imágenes bellamente ásperas propias de un Sur radical que acaba siendo mucho más que un paisaje para los humanos.

Un blanco, blanco dia

de Hlynur Pálmason. Islandia, 2019. 109’.
16 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (Sección oficial). V.O.S.

Un policía retirado del servicio reconstruye una casa para su hija y su nieta. Lo hace mientras vive un intenso duelo por la pérdida de su esposa. En ese tiempo descubre que ella tenía una relación con otro hombre. Él ahora no sufre solo por los celos, también por esa ausencia que ahora siente doble.

El punto de partida tiene algo en común con el magnífico planteamiento de El condado, la película de Grímur Hákonarson que vimos en octubre en la Seminci. Pero la película de Palmason es mucho mejor. Ya solo por ese impresionante prólogo doble que tiene un equilibrio perfecto con esos dos cierres inolvidables (una cámara que avanza siguiendo a un coche en una carretera y una cámara que retrocede mirando a un hombre y una niña en una cueva, una casa vista desde fuera transformada por el tiempo y las estaciones y luego vista por dentro en la intimidad de un instante revelador), Un blanco, blanco día es una película de factura cuidadísima y contenido más existencial que truculento. Con los mimbres de esta historia cualquier otro director se habría preocupado por darnos todas las claves y colocarnos en la perspectiva del cine de suspense. Pero Palmason esquiva esa tentación y hace que su película sea otra cosa mucho mejor. Más islandesa y más fascinante (valga la redundancia). Así que no empieza mal un festival que en la segunda jornada ya nos depara una película que podría merecer varios premios.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Ham on rye

de Tyler Taormina, EE.UU., 2019. 85’.
15 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (sección: Esbilla). V.O.S.

Más o menos veinticuatro horas en la vida de unos adolescentes. Es el tiempo en el que se preparan, van, se divierten (o  no) en un bar en el que toman bocadillos y bailan. También los vemos en el regreso. Siempre desde muy cerca. Como si fuéramos con ellos. Con grupos de amigos distintos y diversos que asisten a esa especie de ceremonia de iniciación.

Tyler Taormina consigue filmar las atmósferas y los sentimientos. Y lo hace dándole muy poca importancia a los diálogos y mucha a las imágenes, a los sonidos y a las músicas. También a los gestos personales y a las relaciones tácitas o expresas. Es como un Linklater que hubiera prescindido de un guión escrito y todo lo fiara al poder de la cámara para captar los ambientes, los tactos y los contactos. Ham on Rye es una película muy singular. Con textura propia. Deliciosa para quien disfruta viendo vivir a las gentes sin tener que saber quiénes son ni qué les pasa. Sus historias son desvaídas y dejan espacio para que el espectador entre en ellas y las interprete.  Por lo demás, la proyección de esta estupenda película ha estado precedida de Nimos, un inquietante cortometraje de Yorgos Lanthimos sobre un chelista que se encuentra en el metro con una joven que le acabará sustituyendo en su casa.

Fukuoka

de Zhang Lu. Corea del Sur, 2019. 88’.
15 de noviembre de 2019. Escuela de Comercio, 57º Festival de Cine de Gijón (sección: Rellumes). V.O.S.

Jea-moon y Hae-hyo llevan veintiocho años sin querer verse. Cuando estaban en la universidad eran muy amigos pero los dos se enamoraron de una misma chica y eso los separó. Ahora Jea-moon tiene una librería de viejo a la que va una extraña joven que le propone hacer un viaje a la ciudad japonesa de Fukuoka. Allí tiene un bar Hae-hyo y el reencuentro les hará revivir a los dos aquel triángulo que se parece un poco al que ahora forman con esa joven.

Este año no tenemos ninguna película de Hong Sang-soo en el festival de Gijón. Pero su fantasma habita en esta película. Hay calles impersonales, encuentros extraños, diálogos banales, algunos enfados, alcohol efectivo y no pocas simetrías (la librería atestada y el bar vacío, la joven que los separa y la que ahora los reúne, el parroquiano que no habla en el bar desde hace diez años y los amigos que se detestan desde hace veintiocho). También hay lugar para lo fantástico (el don mágico para las lenguas de la joven, las voces que Jea-moon oye en su librería). De modo que si la hubiera firmado Hong Sang-soo me lo habría creído. Eso sí, estaría entre las películas que menos me interesan de él. Así que, puestos a elegir, prefiero el original que la copia.

jueves, 14 de noviembre de 2019

La despedida

de Lulu Wang. EE.UU., 2019. 100’.
14 de noviembre de 2019. Cines Los Prados, Oviedo.

La abuela vive en China y le acaban de disgnosticar un cáncer avanzado. Ella  no lo sabe y sus hijos van a verla fingiendo que es para una boda. Desde Nueva York también llega su nieta que no comprende por qué no le dicen la verdad.

El tema podría dar para matices y emociones intensas en otra película. Pero en esta la cosa da muy poco juego. Por lo obvio del planteamiento, por la falta de tensión narrativa y por el simplicidad con que se construyen los personajes. Es verdad que el doblaje lo empeora, pero La despedida (¿por qué en España se titula The farewell?) se queda muy lejos de otras magníficas películas sobre temas como este. Algunas hechas en el Extremo Oriente.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Ventajas de viajar en tren

de Aritz Moreno. España, 2019. 102’.
13 de noviembre de 2019. Cines Los Prados, Oviedo.

Tres historias bastante locas que tienen que ver con un psiquiatra que no lo es. Hay también alguien manco, alguien obsesionado con la basura, alguien que solo entiende el amor desde el mundo de los perros y, por supuesto, alguien que viaja en tren.

No he leído la novela de Antonio Orejudo en que  está basada esta película (aunque me encantó Los cinco y yo) pero estoy seguro de que estará muy contento con el resultado. Y no solo por lo bien que se funden y confunden aquí personas, personajes y relatos, por lo expresiva y oportuna que resulta esa idea de que la verosimilitud está sobrevalorada que alguien dice en la última de las historias o por lo bien usadas que están las voces en off en esta película. Sobre todo puede estar contento por la originalidad formal que Aritz Moreno consigue en la construcción de estas historias dislocadas. El guión, la fotografía, el montaje y el conjunto de la película tienen una estética propia que por momentos me hace pensar en una Amelie con más mala leche, en una Delicatessen sin tanta truculencia o simplemente en Cortazar. Nada menos.

martes, 12 de noviembre de 2019

La noche de las dos lunas

de Miguel Ferrari. Venezuela, 2018. 117’.
12 de noviembre de 2019. Casa de la Cultura, Avilés.

En una clínica de reproducción asistida ha habido un error y dos mujeres reciben embriones confundidos. Una tiene un aborto espontáneo pero quiere que le den el niño que gesta la otra. Pero esta no acepta entregárselo cuando nazca. 

Parecía que se iban a tratar temas tan interesantes y controvertidos como la definición de la maternidad (genética vs. gestacional) pero la cosa se queda en una bobada sonrojante. Todo está lleno de subrayados musicales, de metafísicas con lunas y luciérnagas y de paisajes de gentes bien que uno no acaba de saber si son venezolanos, españoles o simplemente idiotas.

domingo, 10 de noviembre de 2019

El hoyo

de Galder Gaztelu-Urrutia. España, 2019. 94’.
10 de noviembre de 2019. Cines Parqueastur, Avilés.

Una prisión vertical con un gran hoyo en el centro de cada celda. En cada una hay dos reclusos a los que les llega la comida sobre una plataforma que baja por el hoyo y se detiene unos segundos en cada planta. Así que los de abajo solo reciben lo que dejan los de arriba. La desigualdad es insoportable y cada mes los internos cambian de nivel sin saber cuál será su destino.
   
La idea es sugerente y la ambientación es simple pero potente. El primer tramo, más discursivo y teatral, promete una película llena de lecciones sociopolíticas y antropológicas. Pero conforme pasan los minutos la sangre va en aumento y la película no consigue remontar el vértigo del hoyo.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La trinchera infinita

de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga. España, 2019. 147’.
6 de noviembre de 2019. Cines Parqueastur, Avilés.

Higinio corre un gran peligro en su pueblo andaluz. Él había sido concejal de izquierdas durante la República y, tras delatarlo un vecino, los sublevados lo buscan para matarlo. Con la ayuda de Rosa sobrevivirá como un topo en un agujero que ha preparado en su propia casa. Durante más de treinta años.

De los autores de Loreak y Handía ya esperaba esta perfección en la reconstrucción de los ambientes y en la evolución del relato. Es una historia íntima y opresiva que podría tener cierto parentesco con las sensaciones de aquel agobiante Enterrado de Rodrigo Cortés. Pero en La trinchera infinita la tensión se dilata y la historia no es estresante. Aunque sus dos horas y media se pasan en un suspiro y uno jamás mira el reloj, la sensación es la de estar acompañando durante muchos años a esta familia de doble vida en la que el marido (y luego padre) nos hace observar el mundo desde las mirillas de su agujero. En un dilatado fuera de campo intuimos la evolución del franquismo que está muy bien retratada desde la penetrante mirada de este hombre encarcelado en su propia casa. Belén Cuesta y Antonio de la Torre están perfectos en esta historia que tiene un guión impecable de andalucísimo hiperrealismo. De la Torre consigue una vez más bordar un papel inolvidable por el que, si no recibe el Goya, será porque el jurado se ha equivocado o porque el nivel de los actores españoles es extraordinario. La trinchera infinita es un relato conmovedor, una lección de buen cine y también una lección de historia. Otra película española absolutamente imprescindible.

martes, 5 de noviembre de 2019

Litus

de Dani de la Orden. España, 2019. 85’.
5 de noviembre de 2019. Casa de la Cultura, Avilés.

Litus se ha suicidado. Su hermano y sus amigos se reúnen para recordarlo. Algunos recelos, unas cartas y muchas dudas sobre las razones de Litus hacen que el encuentro tenga giros inesperados.

Los amigos de Peter es un precedente que los propios personajes citan para entender el motivo de su reunión. Litus es la incógnita de esta historia bien trabada que tiene momentos emotivos, personajes variados y giros bien pensados. Tan solo me sobra la centralidad que al comienzo tiene el personaje de Marcus (en un registro que me recuerda un poco a aquel Sátur que interpretaba Javier Gutiérrez en Águila Roja). Su comicidad desequilibra inicialmente la película hacia una comedia de treintañeros que poco tiene que ver con el sentido de la historia. De hecho, la cosa mejora conforme van llegando amigos al encuentro y se hace más diverso el perfil de los personajes y más complejas sus relaciones. Litus demuestra que una producción ajustada con un buen guión y un elenco afinado puede ser suficiente para levantar una película muy interesante.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Sorry we missed you

de Ken Loach. Reino Unido, 2019. 101’.
4 de noviembre de 2019. Cines Los Prados, Oviedo.

Ricky quiere salir adelante como sea. Tiene la oportunidad de trabajar como repartidor franquiciado si se compra una furgoneta. Para pagar la entrada tendrá que vender el coche con el que su mujer va a los domicilios en los que trabaja como cuidadora. Él conducirá sin descanso su furgoneta y ella pasará todo el día tomando autobuses de casa en casa. En la suya también tienen problemas porque, aunque la niña pequeña es un encanto, el hijo mayor está pasando una adolescencia bastante problemática.

Hay dos películas en este último trabajo de Ken Loach y las dos son muy buenas. Una es un retrato amargo y certero de esta nueva modalidad de subempleo esclavista que son los (pseudo)autónomos franquiciados. La otra es una descripción conmovedora de la intimidad de una familia que paga las consecuencias. El ritmo del relato es sosegado, pero su contenido resulta estresante. Con el sobrio naturalismo marca de la casa, Ken Loach consigue meternos en la dura cotidianidad de este modo de explotación desde el punto de vista de sus víctimas. La vida de Ricky y su familia es un ejemplo de esos muchos nadies a los que casi nos hemos acostumbrado a no ver y, lo que es peor, a no querer ver. Por ejemplo, esos repartidores de Glovo con los que nos cruzamos antes de entrar en estas mismas salas de cine cuando recargan apresuradamente en el McDonald's sus jorobas ambulantes. El de Ken Loach es cine comprometido y necesario. Y siempre directo, claro y reflexivo. Porque la tragedia continua de Ricky y los suyos no solo está mostrada sino también explicada. Sin que se noten las costuras, se van hilvanando diálogos naturales con análisis tan diáfanos y rotundos como ese impresionante monólogo con el que el explotador inmediato abre la película. Loach hace cine de izquierdas, centrado en los desheredados, en los desahuciados y en los oprimidos. Es compasivo retratando a los explotados y sobriamente áspero mostrando lo poco que ahora sabemos sobre esos explotadores virtuales que viven a ambos lados de unas tecnologías nada entrañables. Esas que han conseguido tener bien domesticada a tanta gente en ese ciego consumismo doméstico que, seriado o empaquetado, mantiene bien cebadas unas granjas humanas en las que no se intuye ninguna rebelión inminente.

viernes, 1 de noviembre de 2019

El silencio de la ciudad blanca

de Daniel Calparsoro. España, 2019. 110’.
1 de noviembre de 2019. Multicines Béjar, Béjar.

Tras varios asesinatos de parejas de sucesivas edades con presentaciones escultóricas parece que el culpable está en la cárcel. Pero aparecen otros y la cosa se complica. Policías que corren mucho, hermanos gemelos o pelirrojos y abejas que se meten en la boca son algunos de los elementos de esta complicada (más que compleja) película.

Los personajes secundarios están interpretados por estupendos actores, pero ninguno llega a tener la suficiente entidad para que la película no parezca una maraña de nudos argumentales con interés bastante relativo. Las cuidadas imágenes que nos ofrece Calparsoro y el atrevimiento de desvelarnos quién es el asesino a mitad del metraje sin que ello perjudique a la historia son lo mejor de una película a la que le sobra impostura en las interpretaciones de los policías y le falta una mejor definición de la trama.

domingo, 27 de octubre de 2019

Papicha

de Mounia Medour. Argelia, 2019. 106’.
27 de octubre de 2019. Teatro Carrión, 64º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección oficial). V.O.S.

Son los años noventa en Argelia. La fuerza de los islamistas es notable. Sobre todo para las mujeres que padecen la presión para que oculten sus cuerpos. Pero Nedjma y sus amigas se niegan a ello. Tiene dieciocho años, estudia en la universidad y le encanta diseñar vestidos. Es una papicha dispuesta a que en su país ser mujer y ser feliz no tengan que ser incompatibles. Por eso se empeña en preparar un desfile de moda en el que ellas lo harán todo. Y sufrirán las consecuencias.

Mounia Medour ha recibido el premio al mejor nuevo director y el premio del público por su primera película. Con la alegría desbordante de estas papichas que están a punto de parecer histéricas y con el acecho de un terror que hace muy vulnerable su forma de vivir, el espectador contempla esta trepidante historia que siempre deja bien claro quiénes son los buenos y quiénes los malos en las tensiones argelinas de aquel tiempo. La historia esta inspirada libremente en hechos reales. Pero con independencia de sus lecturas políticas o la veracidad del relato, Papicha derrocha vitalidad en esos planos cerrados con escasa profundidad de campo, en esas hermosas telas cuyo relieve casi tocamos y en esos rostros juveniles a los que uno no puede más que desear siempre lo mejor y temer muchas veces lo peor. La agilidad del montaje y algunas escenas especialmente afortunadas (como las que tienen lugar dentro de los coches) hacen de Papicha una película que, teniendo una clara voluntad reivindicativa que seguramente le ha venido bien para conquistar el favor del público, no tiene en eso su principal valor. Con un ritmo cálido y frenético Mounia Medour vuelve a confirmar lo que tantas veces digo: que en el otro lado del Mediterráneo hay cineastas que merecen mucha más atención de la que reciben. Así que, aunque las películas del viernes no me parecieron tan buenas como esperaba, las que hemos visto ayer y hoy demuestran que es posible ver muy buen cine aunque solo se pueda estar un fin de semana en la Seminci. Volveremos.

And then we danced

de Levan Akin. Suecia, 2019. 106’.
27 de octubre de 2019. Teatro Carrión, 64º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección oficial). V.O.S.

Merab baila desde niño. Ahora aspira a conseguir la plaza que hay disposible en el cuerpo de baile de la Compañía Nacional de Danza de Georgia. Por eso ensaya una pieza tradicional con mucha relevancia para la identidad nacional de su país. La llegada de Irakli, otro buen bailarín que aspira al mismo puesto, le desestabiliza. Y no solo por lo bien que baila. También por la inesperada pasión con los que los dos empiezan a quererse.

La relación entre los dos protagonistas hará que la película seguramente tenga recorrido en los festivales LGTB. Pero su interés no está solo en eso. La música, la pasión juvenil (la de esos amantes, pero también la de todo el grupo con el que conviven) y el ambiente de Tiflis que la película retrata hacen muy grato seguir esta historia que siempre bordea la aspereza y el fracaso, pero que tiene un momento de gloria y belleza superlativa en ese baile final que es a la vez un precioso desplante. Levan Gelbakhiani se ha llevado un merecido premio al mejor actor en una película en la que casi no hay plano que no protagonice. Pero Levan Akin ha demostrado que tiene pulso y mirada para construir una película que da gusto ver y escuchar. Visto lo visto, no hay nada que objetar por ahora a lo que conocemos del palmarés de esta edición de la Seminci.

La vida invisible de Eurídice Gusmão

de Karim Aïnouz. Brasil, 2019. 139’.
27 de octubre de 2019. Teatro Carrión, 64º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección oficial). V.O.S.

Son los años cincuenta en Río de Janeiro. Guida y Eurídice son dos hermanas que se quieren mucho y lo comparten todo. Hasta que una noche Guida se enamora de un marino griego y huye con él a Grecia. Su padre no la perdona, así que cuando vuelve embarazada la repudia para siempre. Antes de irse, Guida le pregunta por Eurídice y él le dice que está cumpliendo en Viena su sueño de convertirse en una gran pianista. Pero no es verdad. Así que Guida y Eurídice seguirán durante muchas décadas viviendo en Río sin saber una de la otra y sin dejar de quererse. Guida le escribe cartas a Eurídice que sus padres nunca le entregan.

Un preámbulo y un epílogo selváticos en los alrededores de Río enmarcan metafóricamente esta historia memorable. Con aires de drama clásico, con una ambientación y una fotografía cautivadoras y con unos personajes bien diferentes pero también complementarios, La vida invisible de Euridice Gusmão tiene bien merecidos la Espiga de Plata, el premio Fipresci y los premios a las dos actrices en esta edición de la Seminci. Es una película larga que nunca se hace larga, un retrato de feminidades pretéritas contado desde la mayor cercanía, casi desde las entrañas. Karim Aïnouz ha filmado una de esas historias que parecen destinadas a permanecer en la memoria. De hecho, el suyo es un dramón que podría derivar hacia lo folletinesco pero que consigue mantener en todo momento esa fascinación en las imágenes, ese ritmo y esa cercanía casi táctil que hacen inolvidables otros dramas como Revolutionary Road de Sam Mendes o Carol de Todd Haynes. Esa es la estirpe a la que pertenece la película de Aïnouz. Y da gusto poder disfrutarla con la sonoridad de ese portugués que tan bien le va a esta conmovedora historia.

sábado, 26 de octubre de 2019

Lara

de Jan Ole Gerster. Alemania, 2019. 98’.
26 de octubre de 2019. Teatro Carrión, 64º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección oficial). V.O.S.

Una jornada especial para Lara. Es el día en que cumple 60 años y también la fecha en que su hijo da un concierto de piano en el que estrenará una composición. Tras un preámbulo con tentaciones suicidas al amanecer seguimos a esta mujer amargada que dejó el piano porque su profesor le dijo que no tenía talento y que formó a su hijo con la mayor exigencia. Ahora está distanciada de él pero sigue siendo hipercrítica con su trabajo. Así que todo lo que hace parece dirigido a que sea más triste ese día. Y a estropearle un gran éxito a él. 

Tras la estupenda Oh boy esperaba lo mejor de Jan Ole Gersen. Y no me defrauda. Es otra jornada en Berlín asistiendo a tensiones generacionales, en este caso desde la insoportable amargura de una madre. La película sigue solo a este personaje desangelado, pero nos ofrece un contrapunto perfecto en el de ese vecino jubilado que también vive un drama con su hijo pero sabe salir mejor parado. El resto de los personajes (la abuela, el padre y la novia del pianista, el profesor de Lara...) componen un retablo impecable que, con unos encuadres muy sugerentes y un trenzado de sentimientos especialmente trabajado, hacen de Lara una obra mayor del cine alemán actual. Por lo demás, también ha sido delicioso Matches, el corto de animación que la precedió. Con unas cerillas ) y una voz infantil, el húngaro Géza M. Tóth  nos ha explicado maravillosamente de qué va la vida de los adultos desde la mirada de los niños. Así que la tarde de este sábado ha sido, otra vez, un festín cinéfilo. Por eso nos gusta tanto venir a la Seminci.

36 horas

de Néstor Mazzini. Argentina, 2019. 96’.
26 de octubre de 2019. Teatro Zorrilla, 64º Semana Internacional de Cine de Valladolid (Punto de Encuentro).

Pedro dirige una productora ahogada por deudas. Ha dejado de pagar a Hacienda así que el desastre es inminente. También el familiar porque está separado de su mujer y los dos tienen una niña pequeña. La inminencia de la fiesta de cumpleaños de la niña y la gravedad de la crisis financiera de la empresa que también comparten hace muy difícil ese día y medio para Pedro.

Un retrato de un boludo perfecto. Pero 36 horas no es solo eso. Esta magnífica historia sobre la debacle de este hombre ridículo es una oportuna ilustración de esa boludez social que genera formas de vida en las que el dinero, el crecimiento y las deudas son el aire que respiran (en Argentina y en otros sitios) unas clases medias que no quieren serlo. Claudia Piñeiro lo retrató magníficamente con esa estupenda novela sobre la época de Menem que es Las viudas de los jueves y Néstor Mazzini hace lo mismo en la época de Macri con esta magnífica película. Filmada con poco presupuesto y con mucho saber hacer (en el guión, en el ritmo, y en el trabajo con los actores) 36 horas se hace interesante desde el primer segundo hasta que se acaba ese tiempo. El naturalismo de los diálogos y lo bien que se entienden César Troncoso y Andrea Carballo en las disputas de sus personajes hacen que la película sea mucho más que notable. En el agradable coloquio que siguió a la proyección Néstor Mazzini nos comentó que ya tiene filmada la segunda parte de lo que será una trilogía. Ojalá que tenga mucho éxito con estas 36 horas y podamos ver pronto en España las otras dos películas.