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jueves, 7 de mayo de 2015

Güeros

de Alonso Ruizpalacios. México, 2014. 107’.
7 de mayo de 2015. Teatro Filarmónica, I Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo.

Tomás va al DF a casa de Sombra, su hermano mayor que comparte piso y amistad con Santos en los tiempos de la huelga estudiantil de 1999. Con Ana, una activista más que amiga de Sombra, recorrerán la ciudad en un viejo coche. Van en busca de Epigmenio Cruz, el autor de las canciones de una vieja cassette que Tomás le ha llevado a su hermano.

Una decisión difícil la de hoy. Ver Adiós al lenguaje en el Niemeyer o acompañar a estos Güeros que esta tarde estaban en la Semana del Audiovisual Contemporáneo. Con permiso de Godard, creo que la elección ha sido más que acertada. En estos tiempos de homenajes al cine del pasado (el premio que recibirá aquí Coppola en octubre ya huele a veneración de paraísos clausurados), yo soy de los que piensan que lo mejor en el cine siempre está por venir. Y que llega varias veces cada año. Por ejemplo, esta tarde con esta obra maestra de Alonso Ruizpalacios. Una película que es una declaración de amor al DF, a los instantes de intensidad infinita de cualquier juventud, a la poesía en las palabras, en los sonidos y en las imágenes. Toda la película está hecha en blanco y negro en formato 4:3. Por eso y por la belleza de muchos de sus encuadres me he acordado varias veces de los de Pawlikowski en Ida. Pero Ruizpalacios no se regodea en su extraordinaria capacidad para subyugar con un guión literariamente magnífico, con unas imágenes poderosísimas y con un sonido extraordinariamente significativo (también en esa omisión para el espectador de la música de la cassette). Desde otra edad, otro tiempo y otra ciudad, estos Güeros pueden recordar también al periplo urbano de Paolo Sorrentino en La gran belleza, pero Ruizpalacios tiene el acierto de no caer en el manierismo. De hecho, combina escenas sublimes y reposadas con instantes en los que la cámara corre tras sus protagonistas, para girarse y captar su sombra. O se da la vuelta y les permite decirnos cómo ven ellos la propia película o incluso ironizar sobre ese cine mexicano en blanco y negro que tanto puede gustar a la crítica europea. Una crítica a la que no le será difícil encontrar en esta película lo que tanto apreciaba en Los cuatrocientos golpes de Truffaut. Una obra mayor, por tanto, estos Güeros con los que Ruizpalacios me fascina por partes y en conjunto. De películas como esta tendrían mucho que aprender esos que piensan que el cine mayúsculo es solo cosa del pasado.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

La cocina

de Alonso Ruizpalacios. México, 2024. 139’.
13 de noviembre de 2024. Cines Los Fresnos, Gijón. V.O.S.

En las cocinas de The Grill trabaja mucha gente. Mayormente inmigrantes latinoamericanos que buscan en Nueva York una vida mejor. Entre ellos está Pedro, un mexicano que tiene una relación con una mesera gringa y muchos conflictos con sus jefes.

El director de Güeros, aquella joya que vimos en 2015 en la primera edición de SACO, lo ha vuelto a hacer. Con un blanco y negro perfecto y un ritmo trepidante que no ahoga el aliento poético, nos lleva a la cocina mestiza de un restaurante situado en el corazón del imperio. Viendo esta película me he acordado del trabajo de otro director mexicano que en un solo plano secuencia consiguió conjuntar la intensidad de una semana de un hombre aturdido con la dosis justa de realismo mágico en una historia que también transcurría en Nueva York. Me refiero a Birdman, de Alejandro González Iñárritu,  con  la que La cocina comparte la intensidad del plano secuencia, la centralidad del sonido y un guion cuidadísimo y con mucha intención ("lo llamáis América, pero América no es un país"). Sobre Güeros dije que me fascinaba por partes y en conjunto, y lo mismo puedo decir de esta intensa maravilla que se cierra evocando un sueño contado en un callejón para iluminar con el rayo verde el rostro de este Pedro mexicano que no encuentra las llaves del cielo.

domingo, 3 de marzo de 2019

Roma

de Alfonso Cuarón. EE.UU., 2018. 135’.
3 de marzo de 2019. Cines Verdi, Madrid. V.O.S.

La vida cotidiana de una familia en la Colonia Roma de Ciudad de México. El marido se va de casa y la mujer se queda con cuatro hijos, una abuela y dos criadas. Una de ellas es Cleo y también la dejará su novio cuando quede embarazada.

Una joya en blanco y negro. Un regreso visual, sonoro y casi tactil a la codianidad familiar de hace medio siglo. Una deliciosa inmersión en la vida del México urbano desde la mirada de una sirvienta. Una comprobación de la maravillosa diversidad y unidad cultural de quienes habitamos esta lengua. Alfonso Cuarón nos ofrece todo eso y mucho más en esta personalísima película de maneras clásicas y sonidos inconmensurables. Desde los créditos iniciales hasta los finales, la cámara nos da una lección continua de cómo seguir unas vidas. Con movimientos tan magistrales como el de la primera escena, el del recorrido circular por los espacios de la casa o los de las escenas de la mueblería y de la playa, Cuarón nos coloca en el lugar justo para que contemplemos la belleza de unos instantes que la memoria fijará para siempre. Las poéticas revelaciones de cuando era grande el hijo pequeño (seguramente el personaje del propio Cuaron en esta historia), las simetrías entre los dramas de las dos mujeres o el contrapunto que supone Fermín, ese novio machista y extravagante que abandona a la protagonista, son algunos de los mimbres de una historia tan sencilla y poderosa como los mejores clásicos. Con Roma Alfonso Cuarón no solo rinde tributo a su infancia y a esa mujer bondadosa cuyo punto de vista es el alma de la historia. También ha querido homenajear al cine y a su relación con las ciudades en esas aceras llenas de vida que preludian y prolongan la felicidad de quienes entran o salen de un cine. Pero poco de esto sigue vivo ahora. Las imágenes y el singular sonido de Roma requieren condiciones de proyección que solo existen en las salas de cine. Sin embargo, muchos han tenido que obviarlas y han visto (o creído ver) Roma en sus pantallas domésticas aceptando la envenenada invitación de Netflix, ese secuestrador (y devaluador) de creadores y espectadores que (con las demás empresas cinecidas) está finiquitando este arte que nació para ser público y compartido. El cine, junto con el teatro, es parte esencial de la vida de las ciudades y ha creado en ellas edificios bellamente emblemáticos concebidos para el encuentro. Pero el imperio invisible de esas empresas virtuales que promueven un consumo monádico va camino de convertirlos en no-lugares. Por eso Roma les parecerá un producto audiovisual más (eso sí, con pedigrí de calidad) a esos consumidores banales que creen estar viendo cine cuando miran pantallas privadas. La película de Cuarón solo se ha proyectado en tres ciudades de España. En Madrid solo en dos salas y obligando a los espectadores a elegir entre verla con subtitulos en inglés o con subtítulos en español. Como si los españoles fueramos idiotas o nos resultaran seres extraños los mexicanos con los que compartimos esta lengua. Sin embargo, en esa Roma subtitulada en español no se subtitula lo que se dice en inglés. Seguramente porque se presupone que esa es y debe ser la lengua de todos y que quien no la entienda es tan irrelevante (tan nadie) como esos personajes marginales cuyas palabras no se traducen indicando entre corchetes que están hablando en un idioma indígena. Pero los indígenas debemos ser nosotros, los nativos del verdadero cine, los que queremos seguir viéndolo en salas compartidas y los que sentimos como una agresión que se desprecie la lengua que habitamos más de quinientos millones de personas y que se nos quiera imponer otra. Quienes han perpetrado o contribuido al secuestro de esta joya (y quienes no dicen nada por ello) no son conscientes de la maravilla (y el derecho) que es (y debe ser) disfrutar del cine en su espacio propio. Quizá tampoco se dan cuenta de lo que mucho que nos jugamos cuando se juega con el respeto que merece una lengua. Los que, a pesar de todo, seguimos empeñados en ver el cine en los cines queremos seguir reviviendo en ellos historias maravillosas sobre niños, jóvenes, mujeres y familias de tiempos distantes en películas extraordinarias en blanco y negro como Roma (o Güeros, o La luz incidente o tantas otras). Y poder disfrutarlas con los maravillosos matices de la lengua que compartimos.

viernes, 24 de junio de 2016

Te prometo anarquía

de Julio Hernández Cordón. México, 2015. 88’.
24 de junio de 2016. Centro Niemeyer (auditorio), Festival de cine LGBTIQ, Avilés.

Dos adolescentes amigos y amantes deambulan y trapichean por el DF. Subidos en sus monopatines van de acá para allá contactando con amigos a los que "ordeñar". Ellos son pequeños intermediarios en el sórdido negocio del tráfico de sangre. En una de sus transacciones, cincuenta personas que han confiado en ellos son introducidas en un camión que desaparece. Sin saber qué hacer, los dos amigos se separan. Al hijo de buena familia sus padres lo mandarán a Texas. El otro seguirá en las calles. 

Adolescencias a la deriva en grandes ciudades latinamericanas ha sido el tema de varias películas en los últimos años. Por ejemplo, la magistral Güeros de Alonso Ruizpalacios, también en el DF, o la muy interesante Los hongos de Óscar Ruiz Navia que nos lleva por las calles de Cali para seguir a dos grafiteros que también se mueven en monopatín. Te prometo anarquía más que de homosexualidad nos habla de las derivas callejeras de unos adolescentes de distinta clase social que, sin querer, provocan un drama que quedará en elipsis, pero que nos hace pensar en negocios más horrendos que los del tráfico de la sangre. Una historia que no quiere ser precisa pero que está hecha con imágenes naturalistas de las periferias interiores de una gran ciudad. Y con músicas tan oportunas como "La balada del ahora", ese poema rapero de Ashauri López cuyas palabras son todo un manifiesto sobre la generación de la que habla esta película.

martes, 30 de mayo de 2017

Alcaldesa

de Pau Faus. España, 2016. 85’.
30 de mayo de 2017. Casa de la Cultura, XVI Certamen Nacional de Cortometrajes de Avilés.

Un año con Ada Colau. Desde el activismo colaborativo y eficaz en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca hasta la victoria en 2015 con la candidatura de Barcelona en Comú. Vemos de cerca todo el proceso. Los afanes cotidianos de las gentes de Guanyem y las reflexiones de la propia Ada Colau en los diarios filmados que fue haciendo durante ese año. Una película emocionante sobre una victoria que también lo fue.

Todo empieza con un desahucio. Cerca de tu casa también. La película de Pau Faus comparte con la de Eduard Cortés la intención de mostrar que sí se puede. Que es posible unir voluntades para defender el bien común. Ada Colau surgió de ahí. De los movimientos sociales que unieron a las personas frente a los bancos. Aquel éxito hizo pensar que cambiar la ciudad, además de necesario, era posible. Y que ella era quien mejor podía encarnar esa ilusión y esa ambición. La ciudad era la misma, pero la rebelión que anticipaba el drama de Ciutat Morta (el revelador documental de Xavier Artigas y Xapo Ortega que pude ver en Oviedo tres semanas antes de que Ada Colau ganara las elecciones) se transforma en ilusión en Alcaldesa. La otra referencia inexcusable con la que relacionar esta película es Política, manual de instrucciones, el documental sobre la gestación de Podemos y la preparación de las elecciones de diciembre de 2015. Pero la película de León de Aranoa (y también lo que retrata) es más masculina que la de Pau Faus. Hay más frescura, ilusión y sinceridad en esta crónica de aquella gesta política barcelonesa que en el interesante retrato sobre las estrategias madrileñas de los de Podemos. Las dos ciudades me encantan, pero por Barcelona tengo debilidad. Así que ha sido una gozada poder ver esta tarde esta película a la que el público aplaudió muy sinceramente. Por sus valores políticos y también por los cinematográficos. Por lo demás, la tarde ha comenzado con la proyección de nueve cortometrajes: The first time i saw Francis Taylor de Sousa Haz (una elegante historia de amor entre dos fotógrafos, él de cámara lenta y ella de time lapse), Segundito de Roberto Valle (una bonita historia mínima de animación en la que las manecillas de un reloj forman una familia), Quemar pajarracas de Lilith (una cosa rara que no llegué a entender), Recauchutados de Carlos Caro (una bonita demostración de lo que se puede hacer cuando lo grabado se muestra al revés), Paradis de Jaume Quiles (otra rareza en la que me enteré de poco y no me interesó nada), 23 de mayo de David Martín de los Santos (la estupenda evocación de unas vidas a través de los objetos de una casa y unas voces pertinentes -me hizo recordar la estupenda El estado de las cosas de Joaquín Maito y Tatiana Mazú que vi en Buenos Aires hace tres años-), Superyo de José Miguel Rodríguez Rodríguez (una bonita parábola sobre un sordo que quiere suicidarse pero termina liquidando a su superyo),  Burbuja de Juanjo Neris (sobre cementos y albañiles, pero tan corta que casi no llega a ser un corto) y El susurro (otra bonita historia de amor de José Miguel Rodríguez Rodríguez sobre dos sordos que comparten confidencias frente a una puesta de sol). Así que esta jornada del Festival de Cortometrajes ha sido bien interesante. Como lo serán los próximos días en que se proyectan películas tan buenas como Güeros, La próxima piel y El mundo sigue. Solo tienen un defecto: que ya se han visto por aquí.