de Daniel Sánchez Arévalo. España, 2025. 112’.
2 de enero de 2026. Cines Parqueastur, Corvera.
Ha pasado algún tiempo desde aquel naufragio en el que solo sobrevivieron dos pescadores. Quizá sea el momento de recuperar la ilusión en el pueblo y unirse de nuevo para participar en el concurso navideño de rondallas. Una iniciativa catártica que será vivida de forma muy distinta por sus protagonistas.
Un guion excelente, unos personajes
creíbles y unas historias bien
hilvanadas colocan a esta película en la mejor tradición de la comedia española. Lo decía en la reseña de La gran familia española y puedo repetirlo ahora de forma aún más enfática. Rondallas es una deliciosa comedia tierna. Magníficamente escrita y muy equilibrada en la relevancia de esa tragedia pretérita y la comicidad de algunas situaciones. Las interpretaciones son magníficas (por supuesto las de Javier Gutiérrez y María Vázquez, pero también las demás) y la historia está contada desde perspectivas diversas, a cuál más entrañable. Pero quizá lo que a esta película más interesante es la idea de apostar por algo muy local que, precisamente por ello, resulta universal. Centrando en esa rondalla la historia, Daniel Sánchez Arévalo consigue que su tragicomedia subraye el valor que la esperanza tiene para cualquier comunidad. Algo que se pone de manifiesto en esos doce minutos en los que se mezclan las imágenes de la actuación final de la rondalla con las de su preparación en el pueblo. Por lo demás, Rondallas reivindica la belleza juguetona de esa forma de expresión popular y participativa en la que las gaitas, las percusiones y las banderas tienen que ver con lo lúdico y lo festivo y no con ese tono bélico y militar que aún conservan las formaciones de gaiteros en latitudes más septentrionales que las gallegas. Una lástima que, tras la moda de las bandas de gaiteros en los Premios Princesa de Asturias, aquí se esté olvidando que la gaita tradicional asturiana no tiene nada que ver con las bandas escocesas, sino que siempre ha sonado siempre de forma maravillosamente solitaria. Igual que lo hacen la dulzaina vasca, el tamboril salmantino o la guitarra flamenca. También por eso da gusto ver esta película que, además de otras cosas buenas, es una celebración del arte popular sin artificios ni falsificaciones.
