jueves, 20 de febrero de 2014

Uranes

de Chema García Ibarra. España, 2013. 60’.
20 de febrero de 2014. Centro Niemeyer, Avilés.

Aparecen ovoides que no vemos. Hay una abuela con Alzheimer. Un abuelo pedófilo. Un nieto que se considera científico. Otro que se siente cineasta. Frikismo rural que una voz en off detalla.

Va a morir mucha gente muy pronto es el título de la película de Chema García Ibarra que supuestamente íbamos a ver esta tarde según figura en la programación del Niemeyer. Pero esa película no existe. Si acaso es el tema de El ataque de los robots de Nebulosa-5, el primer trabajo de este director que se ha proyectado sin que supieramos su título ni que se trataba de un corto. Tras él se proyectó Protopartículas, otro corto suyo. Y finalmente Uranes, una historia cutre sobre biografías marginales en entornos rurales. Las tres resultan tan extrañas como la forma en que las hemos visto esta tarde: se anuncia una única película de ochenta y cinco minutos pero, sin que nadie nos prevenga, se proyectan dos cortos de siete minutos y un largo de sesenta (los minutos que faltan son los que corresponderían a Misterio, el último corto de este director que por problemas técnicos no se ha llegado a proyectar). Uranes comparte con los dos cortos que hemos visto el gusto por las frikadas que protagonizan unos personajes disminuidos con querencias paranormales. Extrañas historias presididas por un feismo subido que García Ibarra extrae sin pudor (y con poco respeto) de sus propios entornos familiares. En el coloquio que siguió a las proyecciones el director subrayó su intención de mezclar siempre el humor y el drama. Cuando un espectador señaló que estas historias le recordaban a las del José Luis Cuerda de Amanece que no es poco, García Ibarra aceptó esa referencia y añadió la de Buñuel. Me parece excesivo. El deliberado feismo de lo que muestra y el amaneramiento cutre de su cine  (que él atribuyó a su desconocimiento y desinterés por las técnicas cinematográficas) hacen que, por muy premiadas que estén, estas historias no me digan nada.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Camille Claudel 1915

de Bruno Dumont. Francia, 2013. 97’. 
19 de febrero de 2014. Centro Cultural Valey, Piedras Blancas. V.O.S.

1915. Camille Claudel está internada en un hospital psiquiátrico del sur de Francia. Su lucidez hace que sufra lo indecible. Pronto irá a visitarla su hermano Paul. Ella espera que la ayude a salir de ese lugar. Pero no lo hace. Y Camille seguirá internada allí hasta su muerte. Casi treinta años después.

Si es una crítica a los encierros psiquiátricos, llega unas décadas tarde. Si es una reivindicación de la artista y una crítica a su hermano escritor, resulta obvia. Solo me queda pensar que Dumont ha querido ofrecerle a Juliette Binoche una nueva ocasión para interpretar como nadie uno de esos personajes heridos que Juliette Binoche interpreta como nadie. Nada nuevo, por tanto. Salvo mucho aburrimiento y una más que discutible utilización de las personas (no actores) que interpretan a los otros internos.

martes, 18 de febrero de 2014

Una vida sencilla

de Ann Hui. Hong Kong, 2011. 117’.
18 de febrero de 2014. Casa de la Cultura, Avilés. V.O.S.

Desde hace sesenta años Chun Tao-Chung ha cuidado de la familia de Roger. Ahora es ella la que necesita cuidados. Un derrame cerebral cambia la vida de esta mujer sencilla y dulce que tendrá que dejar su trabajo e ingresar en una residencia. Pero no está sola. Roger, el niño al que ella cuidó, es ahora un adulto que aprenderá mucho estando pendiente de ella. Hasta el final.

¿Quién cuida a quien nos cuida? De eso trata esta historia que me ha hecho pensar (como simétrico amable) en Emilia, la inquietante y magnífica obra de teatro que Claudio Tolcachir estrenó en octubre aquí en Avilés. Pero también en Arrugas, aquel magnífico testimonio sobre el Alzheimer y la vida en una residencia de ancianos que Paco Roca creó en viñetas sobre las que Ignacio Ferreras hizo después una inolvidable película. Una vida sencilla trata de una relación (casi) filial y también del (no-)lugar de la vejez en las sociedades opresivamente urbanas (Hong Kong es un escenario paradigmático). La película no aborda mal ninguno de los dos temas, pero queda lejos de esas otras historias a las que me ha recordado.

domingo, 16 de febrero de 2014

El último de los injustos

de Claude Lanzmann. Francia, 2013. 220’.
16 de febrero de 2014. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.

Benjamin Murmelstein fue el último presidente del consejo judío de Theresienstadt, un gueto que los nazis quisieron presentar como modélico. Él fue el único presidente de esos consejos que sobrevivió al holocausto. El papel de líderes judíos como Murmelstein en aquellos años es aún motivo de controversia. El director de Shoah lo repasa en la serie de entrevistas que grabó con él en Roma en 1975 y que ahora ven la luz en este documental. 

Han pasado casi cuarenta años de una entrevista que habla de hechos de los que entonces ya habían pasado más de treinta años. Seguramente por eso Murmelstein la concedió. Y quizá también por eso Lanzmann la hace pública ahora. Aunque Murmelstein disienta radicalmente de las tesis de Hannah Arendt, sus testimonios vienen a corroborarlas. Especialmente las relativas a la cercanía entre los responsables del holocausto y los líderes judios cuya colaboración inicial con Eichmann para promover la emigración acabó facilitando la organización de las deportaciones hacia el exterminio. El entrevistado tiene excelente memoria, notable lucidez y suficiente perspicacia para decir exactamente lo que quiere decir (que no es poco). El entrevistador sabe dejarle hablar, pero también hacerle preguntas incómodas sin acorralarlo. Son casi cuatro horas de testimonios del mayor interés entre los que se intercalan las visitas que Lanzmann acaba de hacer a los lugares que se citan. Allí relata los terribles acontecimientos que sucedieron y lee testimonios clarificadores para comprender la trama que hizo posible aquel horror. Una oportunidad magnífica la de esta tarde en el Niemeyer para conocer nuevas claves sobre unos hechos fundamentales de la historia contemporánea.

viernes, 14 de febrero de 2014

La venus de las pieles

de Roman Polanski. Francia, 2013. 96’. 
14 de febrero de 2014. Cines Centro, Gijón.

Thomas está preparando una adaptación teatral de La venus de las pieles, la novela de Leopold von Sacher-Masoch. Al final de una jornada de pruebas llega al teatro Vanda, una actriz que se llama como el personaje. La actriz y el director interpretan la obra. Mientras dialogan entran y salen de los personajes interpretando también el significado de la historia.

En una tarde de lluvia una cámara subjetiva entra en un viejo teatro. Dentro solo está un director que se parece mucho a Polanski. Quien llega es su mujer. Una actriz que quiere interpretar (en todos los sentidos) a Vanda, la Afrodita intemporal de una historia que trata sobre los límites del amor (o del amor en los límites). Pero que en esta película también trata de la relación entre el autor y la obra, entre quien maneja a los personajes y quien es interpelado por ellos. Un maravilloso juego de espejos en el que la cuarta pared también es uno de ellos. En las dos direcciones. Como en Las Meninas de Velazquez. Porque en esta joya metarreflexiva Vanda somos nosotros. El público a cuyos designios el director siempre está sometido. Pero al que también él busca someter. Es la lucha hermenéutica entre una actriz banalmente lúcida cuando no está en el personaje y un director al que fascina interpretar su propio personaje. Y verse sometido por él. Vanda/Afrodita somos nosotros. Con la cámara de Polanski hemos entrado en un teatro en el que se desarrolla un diálogo que cruza una y otra vez los límites entre la literatura intemporal y la vida de un creador actual. Cuando al final de la obra Afrodita se muestre sin pieles y la cámara vuelva a la calle, también seremos nosotros los que dejemos con ella ese magnífico teatro que hoy hemos visto en un cine. Un sueño personal: ver otra vez esta singular película proyectada en un teatro. En un día cualquiera de teatro. Con un público que espere ver teatro. Y para el que la cuarta pared se convierta por una noche en una cautivadora pantalla de cine.

Alabama Monroe

de Felix van Groeningen. Bélgica, 2012. 112’. 
14 de febrero de 2014. Cines Centro, Gijón.

Elise hace tatuajes. Didier música folk. Se enamoran. Tienen una hija preciosa. Pero a los seis años Maybelle tiene cáncer. Y muere. Luego la debacle. Los dos reaccionan de manera distinta. Y tras el primer drama vendrá el segundo.

Demasiado drama. Un cáncer infantil ya da para toda una película (sea buena, como Camino, o sobrevalorada, como Declaración de guerra). Pero aquí la niña muere antes de que termine la primera hora. La historia quiere trascender esa desgracia y mostrar el amor y el desamor de esta pareja asolada por ella. La fragmentación temporal del relato busca subrayar los contrastes sentimentales. Quizá emulando a Cianfrance. Pero Alabama Monroe no tiene nada que ver con Blue Valentine. Por mucha música que le pongan.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Diamantes negros

de Miguel Alcantud. España, 2013. 100’. 
12 de febrero de 2014. Centro Cultural Valey, Piedras Blancas

Como miles de adolescentes en Mali, Amadou y Moussa juegan al fútbol. Y sueñan con hacerlo en Europa. Un ojeador español los trae a Madrid con el dinero que han  reunido sus familias. Pero las cosas no salen bien y el sueño no se cumple.

En los títulos de crédito se contextualiza la historia: 20.000 jóvenes africanos que han sido traídos a Europa para convertirlos en estrellas deportivas deambulan por nuestras calles sin papeles. Ni esperanza. Es la otra cara de esa burbuja que al parecer supone el 2 % de nuestro PIB. Un espectáculo mediático que sofroniza a millones de personas a sol y sombra. Nuestro fútbol se ve mucho más que nuestro cine. Por eso historias tan reveladoras como ésta tienen pocas probabilidades de aleccionar a alguien (y aún menos en África) sobre los efectos secundarios de ese narcótico social. Un deporte (?) en el que, como decía José Luis Cuerda hace unos días, "veintidós millonarios en calzoncillos se dan patadas y empujones". Uno quiere pensar que, si Eduardo Galeano o Enric González le han dedicado libros apasionados, el fútbol debe ser algo más que opio para el pueblo. Pero no resulta fácil.

martes, 11 de febrero de 2014

Lore

de Cate Shortland. Alemania, 2012. 109’. 
11 de febrero de 2014. Casa de la Cultura, Avilés. V.O.S.

Termina la guerra. Los padres de Lore forman parte de la élite nazi. Por eso huyen. Y la dejan a cargo de sus cuatro hermanos. Con ellos atravesará una Alemania dominada por americanos, británicos y rusos. Van hacia el norte. A casa de su abuela. En el viaje solo contarán con la ayuda de un joven solitario. Y judío.

El punto de vista se hace extraño. Es el de los hijos de las bestias. Un bebé, dos niños y dos adolescentes cruzan un país que descubre, y no acaba de creer, el horror causado. No cabe más dramatismo. Por eso sorprende la belleza de los planos cortos. Y la elegancia, casi malickiana, de los movimientos de una cámara atenta a una naturaleza bella y hostil. La recelosa atracción entre Lore y el joven judío hace pensar en la intención metafórica de la historia. Y también su gesto final ante una abuela protectora que parece salida de La cinta blanca.

lunes, 10 de febrero de 2014

Nebraska

de Alexander Payne. EE.UU., 2013. 115’. B/N
10 de febrero de 2014. Cines Ocimax, Gijón.

Woody Grant es un anciano obsesionado con ir a Lincoln para recoger un millón de dólares. Ese es el premio que le corresponde según la carta publicitaria que ha recibido. Incapaz de disuadirlo, su hijo David decide ir con él. De camino se detienen en el pueblo del que proceden. Allí se reencuentran con familiares y amigos que lo imaginan rico y quieren sacar tajada. Finalmente terminan el viaje. Y regresan.

Otro periplo magnífico de Alexander Payne. Tras A propósito de Schmidt y Entre copas, nos lleva de nuevo de viaje con unos personajes fascinantes: un padre pasmado que volverá feliz como un niño y un hijo comprensivo que le cuida como un padre. Este recorrido por paisajes y paisanajes toscos del Medio Oeste podría recordar la epopeya sentimental de aquel otro anciano con el que David Lynch nos contó Una historia verdadera sobre un viaje en cortacesped entre Iwoa y Wisconsin. Pero esta Nebraska en blanco y negro tiene también otros referentes mayúsculos. Sus encuadres y las composiciones de algunas escenas me han recordado a los Cuentos de Tokio de Ozú. La armonía de aquella pareja nipona contrastaba con el distanciamiento de sus hijos urbanizados. En Nebraska también hay una pareja de ancianos que encaran el final. La crispación entre esta pareja americana se compensa con la cercanía de ese hijo amable que recuerda a aquella dulce nuera de la obra maestra de Ozú. Y no exagero. Nebraska es una delicia que muestra con imágenes hermosas (y una música magnífica) lo cerca que pueden estar la rudeza y la ternura.

jueves, 6 de febrero de 2014

I used to be darker

de Matt Porterfield. EE.UU., 2013. 89’.
6 de febrero de 2014. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.

Kim y Bill son dos cantantes irlandeses que viven en Baltimore con su hija Abby. Inesperadamente aparece Taryn, la sobrina de Kim. Sus padres no saben que ha ido a Estados Unidos. Ni que está embarazada. Pero ha llegado en mal momento. Kim y Bill se están separando. 

Todos están mal. Viven cambios cruciales que les hacen sufrir. Así que ese encuentro inesperado resulta incómodo para los cuatro. Es una historia sencilla que pretende contagiar emociones. Pero a mi no me llegan. Comprendo lo que les pasa a los personajes, pero no me conmueven.

lunes, 3 de febrero de 2014

El último verano de la boyita

de Julia Solomonoff. Argentina, 2009. 93’. 
3 de febrero de 2014. Teatro Filarmónica, Oviedo.

Un verano especial para Jorgelina. El de la curiosidad por los cambios que ya vive su hermana. Pero entre la infancia y la adolescencia intuye que hay un abismo que se resume en una frase: "respeta mi intimidad". Por eso se va a pasar unos días a la hacienda que tiene su padre en el campo y en la que Mario, el hijo de los empleados, también está viviendo cambios. Pero los suyos son más extraños. Y no parecen saber nada de ellos los adultos que les rodean.

El último verano de la boyita se integra en un pequeño ciclo de cine (Realizadoras conscientes) que organiza este mes Feminismo y más, un colectivo ovetense próximo a Izquierda Unida.  El tema de la película es cercano al de (la malísima) Tomboy y al de (la estupenda) XXY. Julia Solomonoff lo trata magníficamente en lo que parece una evocación de vivencias estivales en ese tiempo crucial en que la infancia intuye la transformación que se le avecina. Los retratos contenidos y sencillos de la vida familiar en ese entorno rural me han recordado a las maneras de la más reciente El verano de los peces voladores, de la chilena Marcela Said, que se presentó en noviembre en el festival de Gijón. En las dos películas es una hija la que desvela realidades que los adultos obvian o silencian. La de Solomonoff apunta hacia dramas personales. La de Said hacia conflictos históricos. Pero las dos comparten un tono contenido, una forma de narrar atenta a los detalles y una capacidad notable para construir historias poderosas a partir de fragmentos mínimos de la vida cotidiana. Buen cine sobre familias y lugares desde interesantes miradas en femenino singular.

domingo, 2 de febrero de 2014

La gran estafa americana

de David O. Russell. EE.UU., 2013. 138’. 
2 de febrero de 2014. Parqueastur, Corvera.

Una pareja de estafadores son obligados a usar sus habilidades para un agente del FBI. Con él simulan oscuros negocios con los que tienden trampas a políticos y mafiosos.

Los estafadores cazados. Y el cazador de los estafadores también estafado. Una historia setentera basada en hechos reales con personajes bien singulares. El puntito Torrente del estafador principal, sus relaciones con las dos mujeres, con su socio involuntario y con el alcalde amigo trenzan una historia que se ve con agrado. Y que recuerda lo grandes que eran las gafas (¿y los escotes?) en aquellos años.

sábado, 1 de febrero de 2014

Nymphomaniac. Parte 2

de Lars von Trier. Dinamarca, 2013. 117’. 
1 de febrero de 2014. Cines Centro, Gijón.

El relato de la ninfómana sigue hasta el amanecer. El masoquismo terapéutico, la maternidad culpable y la tutela lésbica son algunos de los temas con los que Joe continúa su confesión con Seligman.

La catársis de la mujer ninfómana sigue motivando las reflexiones del hombre célibe.  La iglesia oriental y la iglesia occidental (el pato silencioso), El espejo y La pistola son los tres capítulos de la segunda entrega de esta indagación sobre la condición humana y el sexo. Las confesiones de von Trier siguen estando muy presentes en este relato vital (en femenino) que es a la vez una meditación conceptual (en masculino). Von Trier cuestiona expresamente la mutilación del lenguaje por su uso políticamente correcto y asume riesgos importantes como su matizada reivindicación del mérito de aquellos pedófilos (según él la mayoría) que llevan una vida irreprochable reprimiendo siempre la realización de sus deseos. Incluso cuando su discurso expreso puede parecer más aceptable y feminista (como en el repaso absolutorio que Seligman hace de los pecados de Joe con solo imaginarlos en su versión masculina) un comentario desganado de ella disipa cualquier duda sobre las pretensiones edificantes de von Trier. Es una historia compleja que resume (a veces de forma expresa, como en la escena que recupera el dramático detonante del Anticristo) muchos de los temas que obsesionan al director danés. El fundido en negro final vuelve a ser muy relevante. Porque marca el disonante punto de llegada de un periplo emocional que ha trastocado los roles de quien relata y de quien valora. Los dos parecen querer cruzar al otro lado. Aunque quizá eso que no vemos al final de la película haya sido solo lo que ella sueña cuando él se va. Un buen final para la historia de una noche que ha llegado a nuestras pantallas escindida y con una espera demasiado larga.

viernes, 31 de enero de 2014

Presentimientos

de Santiago Tabernero. España, 2013. 100’.
31 de enero de 2014. Cines Van Dyck, Salamanca.

Julia y Felix van a pasar unos días en la costa. Lo necesitan. Cuando llegan al apartamento discuten por el olvido de una bolsa con cosas del bebé. Ella sale con el coche a comprarlas. Es de noche. Llueve. Se pierde. De repente unas luces y el ruido de un accidente. Sale del coche. No hay nada. Deambula por la zona buscando a Félix y al niño. Pasarán varios días sin que consiga encontrarlos. Los mismos que él pasa en el hospital esperando a que ella salga del coma.

Lo real y lo soñado como vidas paralelas. No hay trampas. El sueño de ella se construye a partir de retales bien dosificados. Las inquietudes de él nos van revelando como fue su relación desde el encantamiento inicial hasta la crisis de ahora (un tema que Cienfrance trató como nadie en Blue Valentine). Hay homenajes cinéfilos expresos: la historia de esta pareja comenzó con la misma frase con que cerraba la suya la de la última película de Kubrick. O implícitos: El Jefe de Todo Esto, el Dios de Von Trier, es aquí el dueño de la Felicidad, el garito en el que Julia encuentra a su amante buscando a su marido. Hay buenas interpretaciones (Marta Etura y Eduardo Noriega consiguen mantener la difícil tensión de esta historia doble) y hasta algún cameo (Jaime Chávarri como neurólogo). Aunque estos Presentimientos oníricos no son como los de Abre los ojos ni los de Origen, se ven con interés si se acepta como verosímil la continuidad del sueño de Julia.

jueves, 30 de enero de 2014

¿Qué hacemos con Maisie?

de Scott McGehee y David Siegel. EE.UU., 2012. 99’.
30 de enero de 2014. Cines Van Dyck, Salamanca.

La niña tiene seis años y es una delicia. Los padres son una estrella del rock y un tipo que trabaja en el negocio del arte. Se divorcian. Luego se emparejan bilateralmente. Y también se separan de sus nuevos novios. La nena va de acá para allá todo el tiempo.

Los padres de Maisie son malísimos. Están abducidos por sus respectivos trabajos. Ese es el tópico principal de una película llena de ellos. Una historia que quiere presentarse como la mirada infantil sobre los conflictos adultos. Pero es al revés. Es al espectador adulto al que se quiere hipnotizar con esa monada. La cámara quizá consiga embobar a quien piense que los niños en el cine están para que se nos caiga la baba. Yo los prefiero en historias que cuenten algo más que lo monos que son. ¿Qué hacemos con Maisie? No lo sé. Pero con la película lo tengo muy claro: quitarla cuanto antes de las carteleras (¡con las magníficas películas españolas que no llegan a ellas!). Esta vez no he tenido suerte. Como todos los años (desde hace ya seis) he venido a Salamanca para impartir mis sesiones en el máster de estudios sociales de la ciencia. Por la noche, si puedo, suelo ir a los Van Dyck, que siempre tienen buenas películas (aquí vi el año pasado la magnífica Blue Valentine). Pero, ya digo, esta vez no ha habido suerte.

miércoles, 29 de enero de 2014

Sister

de Ursula Meier. Suiza, 2012. 97’. 
29 de enero de 2014. Centro Cultural Valey, Piedras Blancas. V.O.S.

Simón es un ladronzuelo suizo de doce años. En la estación invernal roba de todo: esquís, gafas, cascos, guantes... Cosas que luego regala o vende a sus amigos. Y también bocadillos que come con su hermana. Ella no siempre trabaja. Malvive con él y casi de él. Sus novios acaban huyendo cuando Simón les dice la verdad.

Él quiere hacerse adulto pero no deja de ser un niño. Ella es madre pero no ha dejado de ser una adolescente. Los dos se necesitan pero no saben cómo quererse. Una historia triste en la próspera Suiza. Arriba está la riqueza de los que disfrutan esquiando y a los que los robos del niño apenas afectan. Abajo está ese no-lugar en el que los dos malviven en un edificio absurdo. Una sencilla fábula sobre seres humanos con horizontes difíciles en el país de las montañas bellas.

domingo, 26 de enero de 2014

El lobo de Wall Street

de Martin Scorsese. EE.UU., 2013. 179’. 
26 de enero de 2014. Parqueastur, Corvera.

Jordan Belfort fue el lobo de Wall Street. Leonardo DiCaprio interpreta el ascenso y caída de este vendedor de humo que era adicto, entre otras muchas cosas, a multiplicar su riqueza especulando con la ambición de los demás.

Tres horas con Leonardo DiCaprio en una película de Scorsese. Como cabía esperar no se hacen largas. Pero no aportan más que un ameno repaso a la historia excesiva de este tiburón financiero con maneras de predicador. Un charlatán que fascina a los vendedores que trabajan para él y que parece vendernos su propia historia a nosotros. De hecho, DiCaprio nos mira desde la pantalla mientras nos va relatando los excesos de su personaje. Con el dinero, con las drogas, con el sexo y con los demás. Escenas como la de Popeye o la de la tempestad en el Mediterráneo me hacen pensar que también a Scorsese se le ha ido la olla (o que ha visto a Torrente y le quiere emular). Aunque quizá resultan clarificadoras: El lobo de Wall Street es una película entretenida pero no aporta nada a la comprensión de lo que ha pasado. Si los males que padecemos hubieran sido causados por tipos como este, todo sería más fácil. Pero los verdaderos culpables, los malos de verdad, no son tan histriónicos. Y no hay FBI que acabe con ellos.

sábado, 25 de enero de 2014

Stockholm

de Rodrigo Sorogoyen. España, 2013. 90’.
25 de enero de 2014. Centro Municipal Integrado Pumarín, Gijón.

Él la ve en una fiesta. Ella le mira un instante. Él le dice que se ha enamorado. Ella se va. Él la sigue. Ella no quiere estar con él. Él insiste. Parece loco de amor por ella. Se lo demuestra con simpatía. Y en la azotea de su casa la convence antes del amanecer. Ella despierta. Él ya se ha levantado. Ella quiere quedarse. Y que él se quede con ella. Él tiene que irse. Y quiere que ella también se vaya. La mañana no es como la noche. Él ya no parece enamorado. Pero ella no cede e insiste en quedarse. Él la maltrata. Ella sube a la azotea. Y también le demuestra que está loca por él.

Magnífica. Naturalista. Onírica. Simétrica. Deliciosa. Inquietante. Singular. Todo eso y mucho más es esta más que sobresaliente Stockholm de Rodrigo Sorogoyen. El diálogo preambular entre los dos amigos es ya una cautivadora aproximación a ese mundo veinteañero en versión masculina. Luego, el asedio nocturno de ese depredador simpático parece un espléndido homenaje madrileño al cine de Linklater con un guión perfecto que no se sabe a dónde llevará. Y de repente otra película. En la que el blanco de la mañana y la cortesía fría de él le pone las cosas muy negras a ella. Y a nosotros, que nos sentimos engañados por aquella deliciosa locura de amor que parece haberse  desvanecido y que ahora tememos la locura que todo esto puede provocar. Pero ella no hace lo que se espera. No acepta haber sido engañada. Se rebela y nos muestra la otra cara de la moneda. La prueba de amor de él nos resultó muy grata, pero la de ella nos parecerá terrible. Si la intención de Sorogoyen fuera feminista (quizá también lo es) sus simetrías inversas serían una de las más lúcidas y refinadas denuncias de la desigualdad entre los sexos que se han visto en una pantalla. Pero su película es mucho más que eso. También formalmente. La azotea en la que ella parece mandar en la mañana no solo se opone a la de las vistas nocturnas de las que él se sabe dueño. También a esa calle en que él devora la vida y ella le ofrece la suya. Pero quizá esa mañana blanca y oscura no haya ocurrido. Quizá solo sea una pesadilla de ella. Y quizá la noche también sea solo un sueño de él. Quizá los dos aún deban despertar.

viernes, 24 de enero de 2014

Pensé que iba a haber fiesta

de Victoria Galardi. Argentina, 2013. 85’. 
24 de enero de 2014. Cines Groucho, Santander.

Entre navidad y fin de año Lucía estará fuera y Ana cuidará de su casa. Son dos buenas amigas. Ana es una actriz española que lleva ocho años viviendo en Buenos Aires. Lucia lleva tres separada. En esos días Ana y el exmarido de Lucía inician una relación. La nueva situación las desestabilizará a las dos.

En una semana hemos visto dos buenas películas en las que Valeria Bertuccelli hace de amiga íntima del personaje principal (aquí una Elena Anaya con una interpretación sobresaliente). Son películas con títulos que parecen frases de la vida cotidiana. Como lo que las dos muestran: instantes intrascendentes que destilan formas de vivir y de sentir. Todos queremos lo mejor para ella es invernal y dolorida. Pensé que iba a haber fiesta es estival y más amable. La vida de Lucía en esas afueras de Buenos Aires (camino de Tigre, seguramente por San Isidro) parece muy grata. Y su relación con Ana es la de dos amigas que se quieren y se tienen confianza. Por eso la nueva relación inesperada lo desestabiliza todo. Y aparecen recelos que cualquiera podría sentir. Cine máximo con recursos mínimos. Intimidades cotidianas compartibles. Hasta la breve presencia del personaje que interpreta Esteban Lamothe (que mantiene el gesto de El estudiante) aporta bastante diciendo muy poco. Mar Coll y Victoria Galardi son magníficas construyendo buen cine sobre vidas cercanas con historias sencillas. En esta escapada corta a Santander la elección de la película (acierto pleno) también lo ha sido por la sala. Los cines Groucho están en el centro y llevan diez años programando buen cine de autor. Su ambiente rezuma pasión por el cine: carteles preciosos por todas partes, magníficas hojas de mano multicopiadas y hasta una página web estupenda en la que casi se intuye cómo son las tres personas que llevan estas salas. Sin embargo, las conocemos justo en la semana en que su dueño acaba de anunciar que las pone a la venta. No las cierra y no dejará de programar hasta que alguien se haga cargo de ellas. Ojalá que sea solo una llamada de atención. Los santanderinos deberían volcarse. Llenar estas salas que programan tan bien. Disfrutar de tener en el centro de su ciudad un nodo privilegiado con la mejor cultura europea. Animar a su dueño para que siga adelante. Porque tiene el apoyo de todos. Porque se le agredece lo que hace. Nosotros se lo hemos dicho a la salida. Después de que, ya encendidas las luces, él entrara a la sala e hiciera la mejor síntesis de la película: "cómo se puede hacer tanto con tan poco". Justo lo que él hace en su negocio (¿negocio?). Nuestras escapadas a Santander seguramente serán más frecuentes cuando se inaugure el edificio de Renzo Piano. Ojalá que podamos volver muchas veces a los cines Groucho. Y ver de nuevo allí películas tan buenas como ésta.

miércoles, 22 de enero de 2014

Todos queremos lo mejor para ella

de Mar Coll. España, 2013. 120’. 
22 de enero de 2014. Centro Cultural Valey, Piedras Blancas. V.O.S.

Ella es Geni. Ha tenido un grave accidente que le ha dejado secuelas. Su cojera es bien visible. También su incapacidad para retomar su vida anterior. El reencuentro con Mariana, una amiga de la adolescencia, le hace plantearse la posibilidad de huir hacia una nueva vida.

En Tres días con la familia Mar Coll hizo un magnífico retrato de la (in)estabilidad familiar con una muerte previa como detonante de la historia. Aquí es un accidente anterior el que también motiva el naufragio vital de esa Geni que intuimos radicalmente distinta a la que debió ser. Es, por tanto, la historia de una mujer descarrilada. Alguien cuya vida seguía un camino definido (bien lejano del de esa Mariana nómada) que ahora no puede continuar. Pero no es solo una historia sobre las minusvalías físicas o psíquicas que de repente podrían cambiar la vida de cualquiera. Es también una crónica de ese extrañamiento vital que cualquiera puede sentir con solo pensar en las posibilidades que su vida ha ido descartando. El personaje a la deriva de Geni (magnífica Nora Navas), su relación con Mariana y las pinceladas con que Mar Coll define tan bien a esa familia catalana hacen que Todos queremos lo mejor para ella no defraude a quienes no hemos olvidado la intensidad de aquellos Tres días con la familia.