27 de enero de 2013. Centro Niemeyer, Avilés.
No solo Violeta Parra consiguió mostrar que en la pobreza hay belleza. También lo logra esta película que la sigue por los barracones del Chile minero, que muestra en secuencias memorables el carácter de su padre, que capta su ilusión por convertir esa sencilla carpa entre Santiago y la cordillera en un templo del folklore. Hay mucho orden en esas evocaciones sin cronología, el orden de una película bien contada. Y bien cantada, porque la fuerza de esta Francisca Gavilán que la interpreta (hasta su apellido la une a Violeta Parra) es tan rotunda como la de aquel Óscar Jaenada que se atrevió a convertirse en Camarón. Cantantes como esos necesitan actores así para construir, a partir de sus vidas, historias poderosas en el cine. Francisca Gavilán (y Andrés Wood) lo consigue con la de Violeta Parra. Después de que la segunda pupila cierre a negro y aparezcan los títulos de crédito se hace imposible salir del cine. No antes de que Violeta Parra termine de dar gracias a la vida y nos diga que el canto de ustedes es el mismo canto. El canto de todos que es su propio canto.