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jueves, 9 de mayo de 2024

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú

de Stanley Kubrick. Reino Unido, 1964. 93’.
9 de mayo de 2024. Teatro Filarmónica, Oviedo. V.O.S.

Repentinamente y sin motivo alguno, un general estadounidense pone en marcha un ataque preventivo contra la URSS. El disparate puede tener consecuencias apocalípticas porque, desde los dos lados del telón de acero, todo ha sido diseñado para que la amenaza nuclear sea tan disuasiva que nadie pueda detener ese proceso si se llega a poner en marcha.

El totalitarismo quedó magistralmente retratado (y burlado) por Charles Chaplin en El Gran Dictador. Veintipocos años después Stanley Kubrick hizo lo propio (también en blanco y negro) con el belicismo nuclear. Entonces estaba reciente la muerte del Secretario General de la ONU en África (que no fue un accidente, según supimos hace poco viendo Hammarskjöld. Lucha por la paz) y no tan lejanas las consecuencias del proyecto Manhattan que retrató magistralmente Christopher Nolan en Oppenheimer. Con la ayuda de Peter Sellers, magnífico en sus tres personajes, Kubrick se anima a trufar de fina ironía su relato tentativo sobre las consecuencias de esos órdagos belicistas que, tras Hiroshima y Nagasaki, demostraron que no se había aprendido más lección que la estúpida idea de para impedir la guerra no hay nada mejor que prepararla (y en eso seguimos...). Así que, entre bromas y veras, Kubrick nos ofrece su segundo alegato antibelicista (después de Senderos de Gloria y antes de La chaqueta metálica) que se ve con mucho interés en la gran pantalla del Teatro Filarmónica casi sesenta años después de su estreno. Parece que la primavera está siendo cinematográficamente propicia para Oviedo: acaban de abrir los magníficos Cines Embajadores-Foncalada y parece que la derecha vetusta dejará que siga existiendo esa estupenda iniciativa llamada Radar.

lunes, 21 de agosto de 2023

El resplandor

de Stanley Kubrick. Reino Unido, 1980. 115’.
21 de agosto de 2023. Fábrica de Armas de La Vega, Oviedo. V.O.S.
 
Jack pasará el invierno con  su mujer y su hijo en un gran hotel que durante la época de grandes nevadas permanece cerrado. Allí se encargará del mantenimiento del edificio mientras espera tener tiempo para escribir una novela. Sin embargo, el asesinato de su mujer y sus dos hijas que cometió allí otro encargado que le precedió parece haber dejado una inquietante huella en ese lugar. Al hijo de Jack se le aparecen a veces las dos hermanas y él estar cayendo también en una locura que le impulsa a repetir con su familia aquella matanza.
 
Volvemos a las instalaciones de la Fábrica de la Vega a las que tanto nos gusta venir durante la semana de los Premios, para disfrutar de esta noche de cine al aire libre dentro de la excelente programación de Radar en temporada estival. El género de terror no me atrae mucho así que no tenía ninguna prisa por ver este clásico que, como en los demás géneros, marcó la pauta el gran Stanley Kubrick. Además de la inquietante y magnífica presencia de un Jack Nicholson que, desde esta película, da miedo hasta cuando hace comedias, en El Resplandor hay otro protagonista fundamental: el propio edificio. La forma en que Kubrick encuadra cada plano, mueve la cámara o maneja la profundidad de campo en estos interiores tan elegantes y bien iluminados hacen que el terror en ese espacio descomunal no se base en las penumbras o en los sustos expresionistas, sino en la desmesura del lugar. La magistral composición de las imágenes y la obsesión por centrar el punto de fuga hacen que Wes Anderson, siendo tan obsesivo y tenaz en ese empeño, parezca un aprendiz al lado de Kubrick. Así que ha sido un gustazo venir a Oviedo en esta noche de cine en la luna nueva. 

viernes, 12 de abril de 2013

2001: Una odisea del espacio

de Stanley Kubrick. Reino Unido, 1968. 139'.
11 de abril de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.

Hace cuatro millones de años unos homínidos encuentran un monolito pulido y empiezan a usar herramientas. En un 2001 futuro otro monolito aparece enterrado en la Luna. En el viaje hacia Júpiter en busca del tercero, Hal-9000, el superordenador que gobierna la nave, se rebela. Y en los confines del Universo un último monolito aparece en los límites de la vida humana conectando futuro y pasado.

En el mismo año en que Kubrick estrenaba esta icónica película, Erich von Däniken publicaba Recuerdos del futuro, un libro que también sugería que la humanización pudo venir de las estrellas. Quienes, aún lejos del 2001, leímos aquel libro y disfrutamos de esta película hoy tenemos nítidos recuerdos del futuro. Recuerdos de cómo imaginábamos que sería el tiempo del nuevo milenio. Para construir ese imaginario Kubrick nos mostró tantas cosas que hoy nuestro iPhone nos recuerda a aquel monolito perfecto que parecía venir de un futuro enigmático y atrayente. Ver esta película al otro lado de ese 2001 es reencontrarse con los propios recuerdos. Y temer que ahora nos defraude lo que entonces nos fascinó. Pero no. El Kubrick, cuya ópera prima descubríamos hace apenas una semana en Madrid, vuelve a cautivarnos ahora en el Niemeyer con esta maravilla visual, sonora y conceptual. A 2001: Una odisea del espacio le sientan magníficamente los cuarenta y cinco años pasados desde aquel tiempo en que aún no se había pisado la luna y a Kubrick se le ocurrió imaginar esta historia. Y aún mejor verla en el Centro Niemeyer, un lugar que algunos malévolos llaman retrofuturista. Un pequeño ciclo de actividades en torno a Los planetas de Holst (el pasado sábado disfrutábamos en el auditorio del concierto de la OSPA con imágenes de la NASA al fondo) ha sido la ocasión para reencontrarnos en pantalla grande con este Kubrick galáctico. Un acontecimiento memorable.

miércoles, 3 de abril de 2013

Fear and desire

de Stanley Kubrick. EE.UU., 1953. 68’. B/N
2 de abril de 2013. Sala Berlanga, Madrid. V.O.S.

Cuatro soldados quedan perdidos en un bosque tras las líneas enemigas de una guerra desconocida. Las dificultades del retorno y la posibilidad de matar a un general enemigo ponen a prueba su carácter y su actitud ante la vida. El miedo y el deseo hacen que surjan pronto la violencia, el heroísmo y la locura.

Se hace extraño ver ahora esta ópera prima que un genio tan indiscutible como Kubrick quiso destruir a pesar de (o quizá por) haber hecho todo en ella: dirigirla, rodarla, montarla y producirla. La película tiene ya sesenta años pero está impecablemente restaurada. Es fácil buscar en algunas de sus escenas premoniciones de lo que vendría después (desde el pacifismo temprano de Senderos de gloria hasta la sensualidad tardía de Eyes Wide Shut). Pero tampoco es difícil darle la razón a Kubrick y entender los motivos por los que siempre renegó de ella y la consideró una obra fallida. Por suerte, en su momento no fue mal recibida y su autor pudo continuar una carrera que ahora justifica sobradamente el interés (y el morbo cinéfilo) que tiene contemplar esta rareza en la que el joven Kubrick se preguntaba si hay algún hombre que no sea una isla.