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jueves, 2 de enero de 2020

Yo acuso

de Roman Polanski. Francia, 2018. 126.
2 de enero de 2020. Cines Ocimax, Gijón.

El caso Dreyfus contado por Polanski. Los prejuicios que amañaron el juicio de un inocente. La honestidad de un coronel tenaz que insistió en reabrir el caso para rescatar la dignidad de su país. Y la valentía de un escritor naturalista que publicó en L'Aurore un artículo memorable para denunciar la banalidad del mal antes de que naciera Hannah Arendt. El título de aquel artículo es también el de la película (salvo aquí).

Polanski acierta con el tema y con la forma. Seguramente tiene interés personal en recuperar el caso Dreyfus, pero la lección que supuso aquel “Yo acuso” (no solo para los franceses) sigue teniendo la mayor actualidad en estos tiempos en que lo político y lo judicial se enmarañan (especialmente aquí) en problemas que suscitan no pocas cuestiones éticas. Pero Polanski también acierta en la forma al ofrecernos un relato directo y sin subrayados (tampoco musicales) con una ambientación naturalista que resulta la más apropiada para un episodio histórico en el que estuvo implicado de modo crucial nada menos que Zola. La historia es tan interesante que seguramente podría verse con gusto aunque solo fuera una ficción. Pero aquello ocurrió. Sucedió el caso Dreyfus y se publicó aquel célebre “Yo acuso”.  Por eso es tan importante contarlo, y contarlo tan bien como lo hace Polanski. Y por eso resulta tan patético que su película tenga aquí un título tan ridículo como “El oficial y el espía” (el espía apenas importa y oficiales hay varios). Quizá quienes lo han decidido no hayan visto la película, o no sepan nada del caso Dreyfus, o ignoren que “Yo acuso” no es solo un título llamativo para franceses. Son dos palabras que se han convertido en un hito en la historia de Europa. Por eso yo les acuso de haberle puesto un título ridículo a la película de Polanski.

lunes, 4 de junio de 2018

Basada en hechos reales

de Roman Polanski. Francia, 2017. 110.
4 de junio de 2018. Cines Parqueastur, Corvera.

Una novelista de éxito que está pasando una crisis creativa conoce a una joven que parece que la entiende. Tanto que poco a poco le va permitiendo entrar en su vida. Más allá de lo conveniente. 

La historia le va muy bien a Polanski pero su desarrollo no tiene la intensidad y la fuerza habituales en su cine. La película comienza bien y la relación entre las dos mujeres parece que va a dar mucho juego. Pero el resultado se queda más cerca de un thriller psicológico televisivo que del Polanski de El escritor. Emmanuelle Seigner está bien en ese papel debilitado, pero uno echa de menos la cautivadora presencia de aquel otro personaje que resultaba tan inquietante en La venus de las pieles.

viernes, 14 de febrero de 2014

La venus de las pieles

de Roman Polanski. Francia, 2013. 96’. 
14 de febrero de 2014. Cines Centro, Gijón.

Thomas está preparando una adaptación teatral de La venus de las pieles, la novela de Leopold von Sacher-Masoch. Al final de una jornada de pruebas llega al teatro Vanda, una actriz que se llama como el personaje. La actriz y el director interpretan la obra. Mientras dialogan entran y salen de los personajes interpretando también el significado de la historia.

En una tarde de lluvia una cámara subjetiva entra en un viejo teatro. Dentro solo está un director que se parece mucho a Polanski. Quien llega es su mujer. Una actriz que quiere interpretar (en todos los sentidos) a Vanda, la Afrodita intemporal de una historia que trata sobre los límites del amor (o del amor en los límites). Pero que en esta película también trata de la relación entre el autor y la obra, entre quien maneja a los personajes y quien es interpelado por ellos. Un maravilloso juego de espejos en el que la cuarta pared también es uno de ellos. En las dos direcciones. Como en Las Meninas de Velazquez. Porque en esta joya metarreflexiva Vanda somos nosotros. El público a cuyos designios el director siempre está sometido. Pero al que también él busca someter. Es la lucha hermenéutica entre una actriz banalmente lúcida cuando no está en el personaje y un director al que fascina interpretar su propio personaje. Y verse sometido por él. Vanda/Afrodita somos nosotros. Con la cámara de Polanski hemos entrado en un teatro en el que se desarrolla un diálogo que cruza una y otra vez los límites entre la literatura intemporal y la vida de un creador actual. Cuando al final de la obra Afrodita se muestre sin pieles y la cámara vuelva a la calle, también seremos nosotros los que dejemos con ella ese magnífico teatro que hoy hemos visto en un cine. Un sueño personal: ver otra vez esta singular película proyectada en un teatro. En un día cualquiera de teatro. Con un público que espere ver teatro. Y para el que la cuarta pared se convierta por una noche en una cautivadora pantalla de cine.