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martes, 25 de marzo de 2014

Dallas Buyers Club

de Jean-Marc Vallée. EE.UU., 2013. 117’. 
25 de marzo de 2014. Cines los Prados, Oviedo.

Ron Woodroof es un electricista tejano que tiene claras sus prioridades: los rodeos, las mujeres y las drogas. Y también sus fobias: los homosexuales. Pero descubre que tiene sida y su vida cambia. Rechaza los tratamientos con AZT y busca otros alternativos. Hasta convertirse en el líder de uno de los clubes de compradores de fármacos que en los años ochenta trataban su enfermedad fuera de la medicina oficial.

El american way of live convertido en american way of health. El self-medicated man como trasunto del self-made man. Si la película tratara de educación convertiría en heroicos a los homeschoolers. Si fuera sobre la primera infancia defendería no vacunar. Y si abordara la cuestión de las armas estaría con Charlton Heston. Quizá esto último no. Eso desvelaría sus querencias republicanas y su juego está, más bien, en el maniqueismo y en lo políticamente correcto (la FDA persiguiendo a nuestro héroe, las farmacéuticas utilizando a los enfermos, la médica buena enfrentándose al médico malo...) La clave está en renegar de lo oficial y reivindicar al individuo libérrimo. Ese américano arquetípico con ideas claras y carácter indómito. Un ser que transita rápidamente de la homofobia más asquerosa a la defensa violenta del amigo travesti. En cuanto a Matthew McConaughey, ganar un óscar solo por haber adelgazado quiza sea tan malo para su carrera cinematográfica como para su salud. El actorazo de Killer Joe o Mud (y hasta el de El lobo de Wall Street) interpreta aquí un papel que no llamaría la atención si el actor elegido fuera de natural delgadito. Por lo demás, reconocer en los títulos de crédito que los tratamientos con AZT han salvado a millones de personas en el mundo no redime a este producto televisivo por el obsceno simplismo con que se acerca al tema.

domingo, 13 de enero de 2013

Café de flore

de Jean-Marc Vallée. Canadá, 2011. 120’.
12 de enero de 2013. Centro Municipal Integrado Pumarín, Gijón. V.O.S.

París, años sesenta: una madre y su hijo con síndrome de Down viven un amor perfecto. Montreal, hoy: la llegada de una joven rubia a la vida de él rompe la historia de amor de una familia feliz. En París la atracción del niño por una niña rubia también pondrá a prueba ese amor filial. Solo la canción que da título a la película parece unir las dos historias. Pero al final esas vidas distantes se revelarán sucesivas.

La música, tan necesaria para esa familia canadiense, y los pequeños gestos y rituales entre la madre y el niño franceses hacen muy grata esta película. Pero no fácil. Y no porque el relato no sea lineal o porque las dos historias estén salpicadas con inquietantes presagios oníricos, sino porque su unión final obliga a aceptar que se trata de las mismas vidas, que se suceden más allá de la muerte. Pero es tan brillante la forma en que se trenzan los desenlaces de las dos historias que finalmente se conjura el temor de estar viendo dos buenas películas que no llegarán a fundirse. El final feliz de la segunda compensa y redime las culpas del dramático final de la primera.