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martes, 24 de junio de 2025

Los tortuga

de Belén Funes. España, 2024. 109.
24 de junio de 2025. Casa de la Cultura, Avilés.

Anabel ha conseguido entrar en la universidad para estudiar Comunicación Audiovisual. Su padre ha muerto hace poco y ella ha heredado un olivar en Andújar. Allí pasa la Navidad con sus primos y sus tíos, pero al regresar con su madre a Barcelona les esperan nuevos problemas porque la inmobiliaria ha notificado a todos los vecinos que deben dejar sus pisos. La madre de Anabel es una inmigrante chilena que trabaja de taxista y vive de forma intensa su drama familiar.
 
Tras La hija de un ladrón Belén Funes nos ofrece otra magnífica historia, en este caso sobre una madre y una hija, con una contextualización impecable tanto en esa acogedora familia de Jaén, como en los ambientes menesterosos de Barcelona. El hiperrealismo rural de la primera parte me ha recordado la forma en que Gemma Blasco retrataba en La furia a aquella otra familia del campo. En Los tortuga, Elvira Lara borda el papel de Anabel, con una expresividad en la mirada que desvela y da otro relieve a lo que late en cada escena. Y, por supuesto, otro acierto de Belén Funes es encargar a Antonia Zegers (también magnífica en películas como El castigo, Los perrosEl club Tarde para morir joven) el papel de esa madre que muestra mucho coraje y esconde su debilidad en esa dolorosa situación. Así que Los tortuga (el apodo que hace décadas se daba a los emigrantes) tenemos otra prueba del excelente nivel que tiene el cine español en la actualidad.

sábado, 30 de noviembre de 2019

La hija de un ladrón

de Belén Funes. España, 2019. 102.
30 de noviembre de 2019. Cines Los Prados, Oviedo.

Sara sale adelante como puede. Vive en un piso de acogida con su bebé y trabaja como limpiadora aunque está a punto de conseguir un contrato como auxiliar de cocina. También está intentando tener la custodia de su hermano pequeño que vive ahora en un centro de menores. Ella es una joven tenaz que no se rinde. Pero también querría tener más afecto. Por ejemplo, el del padre de su hijo, un chico con el que se lleva muy bien pero que sigue viviendo en casa de sus padres. O el de su propio padre que acaba de salir de la cárcel y le complica la vida.

Algunas primeras películas son ya una joya. Por ejemplo, esta de Belén Funes que por el tema y por las formas es fácil comparar con el cine de los hermanos Dardenne. Mejor dicho, con sus mejores películas (Rosetta, La chica desconocida...) y en esa comparación Belén Funes saldría muy bien parada. Aunque si hubiera que buscar referencias nacionales se me ocurren algunas tan magníficas como La herida de Fernando Franco o La soledad de Jaime Rosales. Así de buena es esta historia en la que interesa tanto esa cotidianidad que vemos como lo que intuimos de la vida anterior de los personajes. Solo el título se hace extraño en una película con interpretaciones memorables de Greta y Eduard Fernández. Por este papel ella debería recibir muchos premios y muy buenas propuestas para otros trabajos notables y él... Bueno, dejémosle todo el protagonismo a ella que el buen hacer de su padre es ya resabido. La hija de un ladrón podría tener también parentesco con el mejor cine de Ken Loach, pero la mirada de Belén Funes es más sutil y contenida. No es la denuncia de injusticias lo que aquí se presenta. De hecho, hay bondad en todos los personajes y nadie es realmente culpable de la aspereza de las vidas que se retratan. Ni siquiera ese padre impulsivo y emotivo y que resulta tan normal como la vida de la que habla Sara cuando le preguntan por la suya. La hija de un ladrón es cine superlativo que no merece ser vista en unas condiciones de proyección lamentables que las producciones estadounidenses no permitirían en ninguna sala para sus aparatosos engendros. Hace unos días veíamos Madre de Rodrigo Sorogoyen, otra joya española que le da mil vueltas a la mayoría de las películas vecinas en la cartelera, e igual que nos ha pasado con esta tuvimos que conformarnos con verla con una luminosidad bajísima que seguramente algunos espectadores habrán achacado a la voluntad de sus directores y no a la falta de control sobre las condiciones en que se exhiben en nuestro país las obras de arte. Y es que conviene recordarlo: aunque mucho de lo que se proyecta en las salas comerciales no lo sea, algunas películas siguen siendo buena prueba de por qué al cine se le llama séptimo arte.