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sábado, 21 de julio de 2018

Happy End

de Michael Haneke. Austria, 2017. 110’.
21 de julio de 2018. Cines Ocimax, Gijón.

Una niña de doce años graba en su casa videos inquietantes (las rutinas en un baño, el envenenamiento de un hámster, una mujer que ha tomado pastillas). Tras el aparente suicidio de la madre irá a vivir a la mansión de la familia paterna. Él padre tiene ahora un hijo pequeño con otra mujer y también tiene una amante. Su tía dirige la empresa familiar. Y el abuelo tiene principios de Alzheimer y muchas ganas de suicidarse. También la niña lo intenta.  

Haneke nos presenta las relaciones de esta familia de modo bastante fragmentario. Los tres videos iniciales, además de un prólogo, son una declaración de que deberá ser el espectador quien intente (y quizá no consiga) atisbar las intenciones de unos personajes que poco a poco se van definiendo. La historia no es compleja pero sí desangelada y perturbadora. Uno quiere compadecer a esos personajes a los que, sin faltarles nada, parecen afectivamente maltrechos. Pero intuye que, además de una historia de intimidades tristes, Haneke está haciendo un retrato más sintomático. De hecho, el agujero existencial al que los personajes se asoman está bien simbolizado por ese inmenso hueco excavado por la constructora familiar cuyos bordes se desmoronan. La familia vive en Calais, no lejos de ese túnel en el que casi termina Europa y que explica la presencia de esos inmigrantes que en dos escenas magníficas (la segunda parece un homenaje a Buñuel) hacen de contrapunto de esta familia burguesa. Para este irónico Happy End, que parece hablarnos de eutanasias y suicidios no solo personales, Michael Haneke cuenta con las magníficas interpretaciones de una jovencísima Fantine Harduin, de Isabelle Huppert y sobre todo de un Jean-Louis Trintignant extraordinario (seguramente en su último trabajo). En la magnífica escena de la conversación con la niña su personaje conecta esta historia con la de Amor. Así que Happy End resulta una película inquietante, emotiva, desangelada, compleja, simple, luminosa, sombría, humana y pesimista. Un Haneke distinto. Pero también puro Haneke.

viernes, 18 de octubre de 2013

Código desconocido

de Michael Haneke. Francia, 2000. 107’.
17 de octubre de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.


Un adolescente francés trata a una indigente rumana como a una papelera. Un joven negro se lo reprocha y se inicia un incidente en el que también interviene la novia del hermano del adolescente. El resto de la película mostrará más de esas vidas.

Este Código desconocido se abre y se cierra con unos niños sordos jugando a adivinar palabras. En medio, el relato incompleto de varios viajes (lo escribe el propio Haneke al comienzo). El viaje de la emigrante rumana que siente vergüenza por su pobreza, el viaje del padre del joven negro que conserva la dignidad, el viaje del adolescente que no quiere vivir con su padre, los viajes de su hermano Georges que no sabe como amar a Anna (otra vez Georges y Anna, como en El séptimo continente, Funny games, Caché o Amor), los viajes de ella viviendo otras vidas como actriz. Pero este Código desconocido es también una crónica ambigua sobre los otros europeos. Los que vienen buscando una vida mejor y acaban sobreviviendo en las calles, los que mantienen una dignidad ancestral o los que avergüenzan a los suyos con comportamientos como el de la escena del metro. Incomunicación, juegos mortíferos, noticias en una radio, muerte de animales, lo audiovisual dentro de la película... Recurrencias del cine de Haneke que también están en este Código desconocido. Una película menos inquietante que otras historias suyas, pero llena de claves que invitan a descifrar los códigos del mundo
Haneke.

jueves, 17 de octubre de 2013

El séptimo continente

de Michael Haneke. Austria, 1989. 104’.
16 de octubre de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.


Primera parte, 1987: instantes irrelevantes de una familia normal que tiene una vida normal. Segunda parte, 1988: las mismas rutinas pero también algunos instantes inquietantes. Tercera parte, 1989: los padres y la niña deciden acabar con todo. Con sus cosas, con su casa, con sus vidas.



Basada en hechos reales. Pero elegidos por Haneke. Planos cortos de una cotidianidad aparentemente neutra en escenas separadas por larguísimos fundidos a negro. Los objetos próximos definen los espacios de esas vidas. Los sonidos de la radio (como en Amor) las enmarcan en un tiempo concreto de la historia de Europa. Y luego el cataclismo. La decisión de renunciar a todo. De destruirlo todo. Solo en la mucho más que mayúscula Vegas: Based on a True Story de Amir Naderi o en la inquietante Take Shelter de Jeff Nichols, he visto historias de autodestrucción familiar tan radicales como esta. Pero la de Haneke es más desoladora. Porque aquellos padres americanos querían encontrar un gran bien o salvar de un gran mal a sus familias. Estos padres europeos no quieren nada. Si acaso llegar a esa isla de los bienaventurados que aparece en sus sueños. Un séptimo continente tan nihilista como la forma en que Haneke parece entender el séptimo arte en algunas de sus obras.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El video de Benny

de Michael Haneke. Austria, 1992. 105’.
15 de octubre de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.


A Benny le gusta ver videos. Y grabarlos. El del sacrificio de un cerdo con una pistola le fascina. Tanto que mata con ella a una joven desconocida a la que ha invitado a su casa a ver videos. Y a grabarlos. Cuando regresan sus padres ven ese último video atroz. Pero deciden proteger a su hijo. La madre se lo lleva una semana a Egipto mientras el padre se encarga de todo. Pero Benny entrega un video a la policia. El que grabó cuando sus padres decidieron no denunciarlo.

Arno Frisch interpretaba al malvado joven que dirigía el macabro juego en Funny Games. Cinco años antes era Benny, el adolescente amoral que protagoniza esta historia. Sin otras referencias sobre el cine de Haneke, esta desasosegante película podría ser vista como una denuncia de la incomunicación intergeneracional o de los efectos de las imágenes (vistas o captadas) en la educación de los adolescentes. Pero tratándose de Haneke quizá haya más. En su cine el mal está ya en las primeras edades de sus personajes. La maldad infantil que muestra La cinta blanca parece el resultado de una educación represiva y culpabilizadora que pudiera estar en los orígenes del nazismo. Los hijos de aquellos niños podrían ser los padres de este adolescente VHS, una generación que tuvo que asumir las consecuencias del horror que desató en Europa la de sus padres. Y precisamente son ellos los que asumen ahora las culpas de una adolescencia que en las postrimerias del siglo XX parece tan amoral según Haneke como la infancia de sus inicios. Con una diferencia. Ahora no sería la represión, sino la indulgencia, la posible causa de esta maldad nihilista y radical. Aunque parezca anecdótica, en esta película hay una cosa que conecta a las dos generaciones: esa economía piramidal que, como un juego, podría haber nacido hace dos décadas y que hoy ha destruido a tantos países que no hablan alemán. Da miedo pensar que tipos como Benny pueden haber sido los causantes de tanto mal para tantos con esos juegos especulativos. Y que no se sientan culpables.

martes, 15 de octubre de 2013

El castillo (de Franz Kafka)

de Michael Haneke. Austria, 1997. 123’.
14 de octubre de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.


K. es contratado como agrimensor para el Castillo, pero no se le espera allí. Los intentos de hablar con alguien que resuelva su situación se entrecruzan con sus relaciones amorosas y con extrañas ofertas de trabajo. 

Como en La cinta blanca, los diálogos se intercalan con los comentarios en off. Pero ni los unos ni los otros consiguen aclarar la densa maraña que embrolla al protagonista de esta historia crudamente invernal. El peso burocrático de ese  Castillo que no vemos es una de las pocas cosas que nos quedan claras en esta historia. Pero los abruptos cortes entre escenas y el repentino final inconcluso (como en la novela de Kafka) hacen aún más extraña una película que aporta poco a la trayectoria de Haneke.

lunes, 14 de octubre de 2013

Funny games

de Michael Haneke. Austria, 1997. 108’.
14 de octubre de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.


Un matrimonio y su hijo acaban de llegar a su casa junto al lago. Unos jóvenes que parecen ser conocidos de sus vecinos entran en ella con la excusa de pedir unos huevos. La amabilidad da paso a la tensión y más tarde a un juego que esa noche acabará con las vidas de los tres.

El Premio Principe de Asturias de las Artes que recibirá Michel Haneke la semana próxima hace que podamos ver una amplia muestra de su cine en los ciclos organizados simultáneamente en Oviedo, Gijón y Avilés. A las películas que he visto de él (La pianista, Caché, La cinta blanca y Amor) añadiré estos días algunas más. La primera ha sido esta Funny games que había comprado hace tiempo en DVD y nunca encontraba momento para ver. Nada extraño, porque este nuevo retrato del mal (¡vaya semanita!) es de los más duros que recuerdo. La pareja protagonista (Ulrich Mühe y Susanne Lothar) es la que a continuación veré en El Castillo. Ella también tenía un papel terrible en La cinta blanca y él estaba magnífico en La vida de los otros, pero lo que les pasa aquí impresiona mucho más. Es la pesadilla extrema: que la maldad absoluta, disfrazada de buenas maneras, irrumpa en la intimidad familiar y demore una tortura cuyo final es sabido. La quietud del larguísimo plano (casi) fijo tras la muerte del niño es de lo más terrible que se puede mostrar en el cine. Las palabras finales de los dos asesinos, antes de dirigirse a unas nuevas víctimas, parecen querer justificar a la película como tesis sobre (y contra) el consumo de imágenes de violencia. Algo que también explicaría los dos momentos en que el dulce canalla mira a la cámara y se dirige al espectador para decirle que le sabe partícipe de su juego (o también el rebobinado que él mismo hace de la propia película con el mando a distancia). Sin embargo, no lo tengo claro. La cinta blanca es una película dura, pero la tesis que propone y la forma en que Haneke cuenta esa historia hacen que su principal interés no sea la truculencia. Aquí no estoy seguro. Imagino que si todo su cine fuera como éste, Muñoz Molina vería en Haneke un simple Tarantino (¿qué le dirá la semana próxima cuando coincidan en Oviedo?). Aunque Lucía Puenzo ha sido comparada con el director austriaco por El médico alemán, está claro que su Mengele parece casi amable al lado de estas bestias con guantes blancos que juegan a torturar en un dulce hogar.

martes, 12 de febrero de 2013

Amor

de Michael Haneke. Austria, 2012. 127’.
11 de febrero de 2013. Cines Marta, Avilés.

Un matrimonio parisino comparte serenamente el tramo final de unas vidas dedicadas a la música. Su armonía se rompe con la súbita enfermedad de Anne. Al regresar a casa, le hace prometer a Georges que no la llevará nunca más a un hospital. Él la acompaña y cuida en un deterioro sin retorno que hace muy dolorosa su cotidianidad.

Tras mostrarnos la llegada de los bomberos en esa escena preambular que anticipa el dramático final, Haneke comienza la película con el único plano que filma fuera de la casa. En él Anne y Georges forman parte del público que, desde un patio de butacas, espera el comienzo de un concierto. Pero el lugar al que miran expectantes es precisamente nuestro patio de butacas, desde el que estamos a punto de contemplarles en los peores trances de su ancianidad. Tras este arranque doble, Haneke nos va mostrando, con un naturalismo radical, la crudeza del declive de Anne (magnífica Emmanuelle Riva) solo compensada por la serenidad abnegada de Georges (magnífico Jean-Louis Trintignant). Su viejo apartamento burgués contiene un universo biográfico al que llegan vagamente los ecos radiofónicos de esa Europa en crisis que, más allá de las coyunturas, parece motivar tantas reflexiones en la obra de Haneke. El suyo es un cine en el que no hay tregua para el dolor: el que se sembraba desde edades tempranas en la Alemania en que germinó el nazismo (La cinta blanca), el de la culpa y los deseos reprimidos de una cultura exigente (La pianista) o el del desasosiego que provocan las miradas anónimas sobre la estabilidad familiar (Caché). Y es que para Haneke el sufrimiento acompaña todas las edades de la vida. Al mostrarnos ahora este dolor de la edad tardía parece estar reivindicando la vecindad entre la compasión y el amor, esos dos viejos valores que forman parte de lo mejor de una Europa que, como esos ancianos, quizá también esté encarando su final.