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domingo, 13 de marzo de 2022

Lejano

de Nure Bilge Ceylan. Turquía, 2002. 110.
13 de marzo de 2022. Filmin. V.O.S.

Un fotógrafo que vive solo en Estambul tiene que acoger en su casa a un primo que acaba de llegar del pueblo buscando trabajo. Piensa enrolarse en un barco o trabajar en cualquier otra cosa pero no encuentra nada. El tiempo pasa y las costumbres solitarias del fotógrafo encajan mal con la creciente desidia del otro. Los dos están en cierto modo varados en sus vidas. El fotógrafo lamentando que la mujer con la vivió se vaya para siempre a Canadá y su primo acostumbrándose a vivir sin oficio ni beneficio. Ni tampoco expectativas.

Estambul y la masculinidad solitaria. De eso trata esta película en la que el invierno en Estambul no es solo un paisaje fascinante sino también el contexto perfecto para la temperatura emocional del relato. Lejano es anterior a las otras películas que he visto de Nure Bilge Ceylan pero preludia el magnífico estilo de la mayoría de ellas. En esta historia hay pocas palabras pero mucho contenido sobre la forma en que las crisis (la económica y la vital) afectan a los menesterosos de pueblo y a los urbanitas que están de vuelta de casi todo. Así que los dos tienen algo de arquetipos de unos tiempos de preludian tormentas. Las económicas que se barruntaban hace veinte años y las de la madurez existencial de estos hombres solitarios que conservan vínculos atávicos en los que ninguno de los dos parece creer realmente. De ese modo descubrirán hasta qué punto sus vidas están a la deriva. Flotando suavemente. Como los copos de nieve en el hermoso invierno de Estambul.

martes, 6 de agosto de 2019

El peral salvaje

de Nuri Bilge Ceylan. Turquía, 2018. 188.
6 de agosto de 2019. Cines Los Prados, Oviedo. V.O.S.

Un  joven vuelve a casa tras graduarse en la universidad. Será un tiempo de espera en el que se presentará a una oposición para trabajar de maestro, como su padre, e intentará publicar un libro que se titulará El peral salvaje. El regreso al pueblo y ese tiempo estival entre la pasión y la rutina le hará percibir lo mejor y lo peor de su tierra y su familia, la tensión entre la fuerza de las raíces y la intensidad de los fracasos. Luego llegará el invierno, el servicio militar y el regreso al paisaje nevado que le reconciliará con todo eso.

Viendo el cine de Nuri Bilge Ceylan uno siente como propios los paisajes turcos. La casa, el pueblo y los anhelos de este escritor ilusionado (e iluso) resultan reconocibles para cualquiera que haya regresado en los veranos (o en los inviernos) a los entornos ancestrales de la España interior. El director de joyas como Tres monos, Érase una vez en Anatolia o Sueño de invierno hace en El peral salvaje un cine entre hiperrealista y literario, entre radicalmente local y plenamente universal. Si pudiéramos obviar la gran distancia que, en hedonismo abigarrado y en sensualidad barroca, existe entre Colombia y Turquía podríamos decir que El peral salvaje de Nuri Bilge Ceylan tiene algo del Macondo de Gabriel García Márquez y que ese padre y ese hijo de la familia Karasu son dos eslabones enlazados por fuerzas tan intensas y antagónicas como las que trababan a los Buendía. Es, por tanto, un cine primoroso que, al modo de los pintores románticos, retrata toda la belleza y la fuerza de unos paisajes y unas vidas que se debaten entre la pasión y la desolación.  Y lo hace con una fotografía y unos encuadres siempre perfectos y siempre sobrios. Como esos diálogos que tienen la fuerza y la expresividad del mejor teatro en escenas tan magníficas como la del encuentro con la chica en la fuente, la del diálogo con el escritor de éxito o la de la conversación de los imanes. Pero el naturalismo del relato es compatible con momentos entre poéticos y oníricos como los de esas cuerdas que cuelgan de un árbol o sobre un pozo y de las que penden una piedra, un hijo y un niño asediado por hormigas como las de Buñuel. Así que El peral salvaje son tres horas de cine mayúsculo con apariencia modesta, de hondura existencial con mimbres cotidianos. Nada nuevo en la magnífica obra de este extraordinario director que bien merece una retrospectiva que nos permita conocer sus películas anteriores y repasar su trayectoria.

sábado, 31 de octubre de 2015

Mustang

de Deniz Gamze Ergüven. Francia-Turquía, 2015. 97’.
31 de octubre de 2015. Teatro Carrión, 60º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección oficial). V.O.S.

Cinco adolescentes huérfanas viven con su abuela y su tío en un pueblo turco. Su fresca alegría resulta molesta en un entorno tradicional que las irá preparando para matrimonios concertados. Pero algunas de ellas se rebelan.

Entramos en la sala sabiendo que el jurado ha premiado esta película con la Espiga de Plata (también ha recibido el premio de la crítica, el del público, el de los jóvenes y hasta el premio Sociograph que conceden unos sensores que se supone que detectan las emociones del público). Parece, por tanto, que hemos tenido suerte en la selección de las películas. Pero no. Tengo que discrepar sobre los méritos de Mustang, una historia que bien podría ser una más de las que se proyectan en la sección Enfants Terribles del festival de Gijón, agradan a algunos escolares y luego se olvidan. Y es que la guapura urbana de esas chicas tan majas y bien vestidas parece inverosímil en un entorno rural que de repente se convierte en poco menos que integrista. Mustang es cine tópico para criticar algo tan obvio como que concertar matrimonios está muy mal (en Turquía y en cualquier sitio). Por suerte, el corto que la precedió (Nothing stranger de Pedro Collantes) tenía algo de poesía e incluía unas imágenes muy hermosas de unos pescadores chinos que utilizan cormoranes para sacar peces del río.

viernes, 31 de octubre de 2014

Sueño de invierno

de Nuri Bilge Ceylan. Turquía, 2014. 195’.
31 de octubre de 2014. Cines Centro, Gijón. V.O.S.

Aydin es un hombre acomodado y culto que vive retirado en Capadocia con su mujer y su hermana. De joven fue actor y ahora dirige un pequeño hotel con encanto. La atención a los huéspedes, los artículos que redacta para un periódico de la zona y la idea de escribir un libro sobre la historia del teatro turco van ocupando su tiempo. Pero el distanciamiento con su joven mujer y la mala relación con su hermana divorciada son cada vez más evidentes. Un incidente con el hijo del inquilino de una de las propiedades que heredó de su padre y la disputa con su mujer por sus actividades filantrópicas harán que la culpa y la compasión también estén presentes en esta hermosísima historia sobre interiores existenciales.

Tres horas y cuarto de cine mayúsculo. Una historia chejoviana en la bellísima Capadocia nevada. La fotografía, la iluminación y los encuadres interiores hacen que esta inmensa película resulte siempre subyugante. Pero la cadencia con que Nuri Bilge Ceylan va construyendo la historia de esas vidas varadas, el cruce y las simetrías de los reproches entre los personajes y el acierto con que la parsimonia narrativa genera un distrute sosegado y creciente hacen de esta película una delicia para paladares cinematográficos sensibles a la contención narrativa. Los largos diálogos bilaterales (entre la esposa y la cuñada, entre él y su hermana, entre él y su esposa...) y algunas escenas más corales (la reunión filantrópica, el diálogo alcoholizado en casa del amigo, la llegada de la mujer a la casa del inquilino...) tienen una teatralidad y una hondura psicológica impresionantes. La percepción que uno tiene sobre los personajes y la sintonía que establece con alguno de ellos van variando a lo largo de la película (hasta la escena de la reunión filantrópica me reconozco más cerca de Aydin que de su mujer, pero a partir de ese momento noto el giro en mi apreciación sobre ambos). También es destacable la relevancia que van teniendo los personajes periféricos y el contrapunto que suponen algunos de ellos (los dos hermanos inquilinos en la magnífica escena en que la mujer los visita, el viajero que escribe un libro pero sabe vivir el presente...) Intuyo también que todo esto será percibido de modo muy distinto según la edad y el momento vital de cada espectador. Por eso me parece que Nuri Bilge Ceylan, el director turco que tanto me había impresionado con Tres monos y Érase una vez en Anatolia, merece entrar, con esta película, en el olimpo de esos cineastas que crean obras imprescindibles.

sábado, 25 de octubre de 2014

Gözümün Nûru

de Hakki Kurtulus y Melik Saracoglu. Turquía, 2013. 78’.
25 de octubre de 2014. Teatro Zorrilla, 59º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección Punto de Encuentro). V.O.S.

Melik nos cuenta su historia. La de su pasión por el cine que le llevó a estudiarlo en la universidad de Lyon y la de su temor a no poder verlo más tras el desprendimiento de retina que le ha obligado a volver a Estambul. Tras la operación en su ojo izquierdo (el derecho ya lo había perdido cuando era adolescente) pasará cuarenta días boca abajo con los dos vendados. Y con la incertidumbre de no saber si podrá volver a ver.

Tenía motivos familiares para que esta historia me resultará muy próxima. Por otra parte, el magnífico recuerdo de Gabor, el documental sobre un director de fotografía ciego que vimos en la Cineteca de Madrid hace unos meses, también nos animó a elegir esta película entre la oferta matinal de la Seminci (se proyectaba en el teatro Zorrilla, lo que también es un aliciente). Y lo cierto es que este ensayo autobiográfico sobre la ceguera no nos ha defraudo. Al contrario, es muy original en la manera de contar una historia que podría resultar dura, pero que se hace muy grata e interesante. Los encuadres, la composición de las escenas, el uso de la voz en off, la manera de organizar las partes que se ven de la pantalla y las numerosas referencias a la propia actividad cinematográfica del protagonista me hacen pensar en un estilo generacional ágil y fresco que Kurtulus y Saracoglu podrían compartir con directores que me gustan tanto como Siminiani. Hay un uso impecable del espacio doméstico, de la naturalidad cotidiana de los miembros reales de la familia de Malik. Y hay también referencias al propio cine tan oportunas como las de los Lumiere (un apellido muy relacionado con Lyon y con los miedos de Melik) o Buñuel (en esa dulce evocación del ojo pintado en una tarta que un cuchillo corta). Así que hemos tenido suerte con la elección de esta mañana y hemos podido comprobar nuevamente el excelente nivel del cine turco. Quizá no se vea en España, pero Gözümün Nûru es una propuesta sobresaliente que no merecería ser proyectada solo en este festival. También ha sido muy bueno el corto de animación que la ha precedido (Una taza de café turco, de Bir Fincan Türk Kahvesi) en el que una abuela resume para su nieta la historia de su vida en lo que dura un café.  

viernes, 24 de octubre de 2014

El corderito

de Kutlug Ataman. Turquía, 2014. 85’.
24 de octubre de 2014. Teatro Carrión, 59º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección oficial). V.O.S.

En un pueblo de Anatolia el pequeño Mert está a punto de ser circuncidado. Su madre quiere sacrificar un cordero e invitar a todos los vecinos pero no puede comprarlo. El padre pide un préstamo pero le entrega el dinero a una prostituta. Entre tanto, la hermana mayor de Mert le agobia con la idea de que él será el corderito que los vecinos se comerán. Como su madre lo llama así, él lo acaba creyendo.

Los paisajes invernales y los diálogos de los dos niños son magníficos. Las interpretaciones de los padres no tanto. Quizá porque los actores son menos toscos que sus personajes. La historia se sigue con interés y, aunque ese padre pasmado e imbécil pone un poco de los nervios, la astucia de la madre y los pequeños hace que el doble final resulte sorprendente y oportuno. Antes de la película se proyectó Tornistan, un breve corto de animación con el que Ayçe Kartal confronta la cotidianidad de los hogares turcos con los conflictos políticos de la plaza de Taksim. Aunque seguramente El corderito no será premiada, no ha estado mal como comienzo de estos dos días de Seminci.

domingo, 27 de octubre de 2013

Hayatboyu

de Ash Özge. Turquía, 2013. 102’.
26 de octubre de 2013. Teatro Zorrilla, 58º Semana Internacional de Cine de Valladolid (sección Punto de encuentro 2013). V.O.S.

Una pareja madura de la élite profesional de Estambul. Ella es artista plástica y él arquitecto. Los dos con mucho prestigio y una vida estable. Hasta que ella le escucha hablando por teléfono. Seguramente con otra mujer.  

Para toda la vida. Eso significa Hayatboyu en turco. Y así parece esta relación en la que el tedio hace difícil la ruptura. También para esta gente bien de Estambul que rezuma frialdad escandinava. Como la casa en la que viven. Como la propia película, llena de esteticismo arquitectónico. Y así es difícil expresar sentimientos. Sin embargo, no lo fue en el corto que la precedió (Skin, de Cédric Prévost) que mostraba la tensión de una noche en el metro. Ayer vimos otros dos cortos de animación antes de las películas. El primero (De wake, de Pieter Coudyzer) tenía imágenes singulares, pero resultaba confuso en lo que quería contar. No así el segundo (Canis, de Marc Ribas y Anna Solanas) que presentaba una magnífica y tremenda historia sobre un mundo de perros que podría haber firmado un Cormac McCarthy expresionista. Por lo demás, estos dos días en la Seminci han estado muy bien. Hemos visto tres películas correctas y dos excelentes. De las cinco dos han sido premiadas: Matterhorn recibió el premio al mejor nuevo director (aunque tampoco le habría ido mal alguna espiga) y La reconstrucción el premio Fipresci de la crítica (que me alegra por el director y por el actor, pero que no creo que merezca). Han sido dos días de Seminci que la fortuna en la elección de las películas nos ha hecho muy gratos. Volveremos.

lunes, 20 de mayo de 2013

Érase una vez en Anatolia

de Nuri Bilge Ceylan. Turquía, 2011. 158’.
19 de mayo de 2013. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.

Desde el crepúsculo hasta la mañana del día siguiente tres coches vagan por carreteras perdidas de Anatolia. En ellos van un fiscal, un médico y varios policías que llevan detenidos a dos hombres. Buscan una fuente al lado de un árbol. Esas son las referencias del lugar en el que estaría enterrado un tercero al que ellos habrían asesinado. Tras una noche interminable, por fin aparece el cuerpo y el fiscal levanta acta. Con la autopsia termina una película que revela más de las vidas de quienes lo buscan que de la muerte del encontrado.

Lenta. Antes se usaba mucho este adjetivo para (des)calificar a una película que no gustaba. Y estas dos horas y media de parsimonia turca bien podrían merecerlo. Si la historia se interpreta como un thriller rural no hay duda de que la película es lenta. Y confusa porque, después de tanto tiempo para contar tan poco, al puzzle de este crimen parece faltarle alguna pieza. Pero Érase una vez en Anatolia no es un thriller. Su parsimonia es la que se necesita para atisbar que lo importante está en lo que no se muestra: la tristeza y la culpa en las vidas de unos hombres que vagan por un paisaje casi metafísico, la belleza y el sufrimiento de unas mujeres casi siempre en elipsis, la desazón de un niño que no tendrá padre o la de un hombre que no tendrá hijos. Aún sin bucear en las honduras existenciales a las que parece remitir la historia, la película ya tendría interés por la autopsia que también hace a las burocracias rurales o por la manera en que presenta a unos personajes bien definidos en un paisaje tan atractivo como indiferenciado. En 2008 descubrimos a este director en el festival de cine de Gijón con su interesante Tres monos. Su forma de narrar es aquí muy diferente y bastante más exigente para el espectador. Si aquella era una película mediterránea esta sería una historia continental. Pero ambas comparten una mirada singular sobre la vida y sobre la forma en que están en ella los hombres y las mujeres.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Children of Sarajevo

de Aida Begic. Bosnia-Herzegovina/Alemania/Francia/Turquía, 2012. 90’.
21 de noviembre de 2012. Cines Centro, 50º Festival de Cine de Gijón (sección oficial). V.O.S.

Niños cantando en Sarajevo durante la guerra. Así empieza y acaba la película. En medio, unos días de diciembre en la vida de Rahima, una joven musulmana que quedó huérfana en aquella guerra y ahora (mal)vive con su hermano Nedim. Ella trabaja en la cocina de un restaurante. Él es un adolescente con muchos problemas. Demasiados para ella según la funcionaria de servicios sociales.

La cámara no para de moverse. Sigue constantemente a Rahima que nunca está fuera de plano. Su pañuelo musulmán está siempre presente en la pantalla. Llevarlo ha sido una decisión reciente, quizá una forma de afirmarse tras la (mala) vida que ha debido tener entre una infancia robada por la guerra y un presente marcado por la orfandad y la necesidad de hacer (mal) de madre de su hermano. Hay diálogos crispados, imágenes ásperas de entornos suburbiales y sonidos que recuerdan constantemente a la guerra. Es una historia que crece, que inspira compasión por estos hermanos desgraciados y hostilidad hacia esos desgraciadores que parecen haber salido bien parados de la guerra (el ministro prepotente, el mafioso que dirige el restaurante, los jóvenes cachorros que condenan al ostracismo a Nedim por musulmán y por huérfano). En la última escena los dos hermanos avanzan por un túnel en la última noche del año. No se sabe lo que les espera. Para algunos las guerras no acaban cuando acaban las batallas.