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miércoles, 21 de agosto de 2019

Érase una vez en Hollywood

de Quentin Tarantino. EE.UU., 2019. 165’.
21 de agosto de 2019. Cines Los Prados, Oviedo. V.O.S.

A Rick Dalton le está yendo regular en Hollywood. Su carrera como actor de series televisivas del Oeste ya no es ascendente. Así que filma en Italia y España algunas películas menores con el amigo que le sustituye en las escenas más arriesgadas. A la vuelta unos jipis que iban a la casa de su vecino Polanski entrarán en la suya. Y a Sharon Tate no le pasará nada.

Después de Los odiosos ocho había decidido no ver la novena película que filmara Tarantino. Sin embargo, la presencia de Leonardo DiCaprio y de Brad Pitt y la insistencia de la crítica en que Tarantino pasaba aquí de truculencias me hicieron cambiar de opinión. Y, aunque DiCaprio y Pitt jamás defraudan y es un gustazo verlos en este Hollywood de hace medio siglo, Tarantino vuelve a conseguir que en la sala se oigan muchas risas en esos momentos violentamente insoportables en los que imagina cómo sería el asalto de los sectarios de Manson si hubieran entrado en la casa de un vecino de Polanski. Por lo demás, resulta inmoral usar el asesinato de Sharon Tate como anzuelo argumental de una historia que, si no fuera por estos magníficos actores, resultaría bastante aburrida. Y pensar que algunos han llegado a comparar esta evocación tarantiniana nada menos que con Roma, esa joya de Cuarón... 

martes, 19 de enero de 2016

Los odiosos ocho

de Quentin Tarantino. EE.UU., 2015. 167’.
19 de enero de 2016. Cines Parqueastur, Corvera.

Unos cazarrecompensas comparten diligencia en paisajes invernales de Wyoming. La tormenta de nieve les obliga a buscar refugio en un establecimiento al que también han llegado otros viajeros. En realidad son los miembros de una banda que pretenden liberar a la mujer que uno de aquellos lleva a la horca.  

"La 8ª película de Quentin Tarantino". La frase aparece en los títulos de crédito del comienzo y también en el cartel, justo encima de Los odiosos ocho.  Un título tan extraño que deja la duda de si está aludiendo solo a los personajes de esta película o también al conjunto de la obra tarantiniana. En ella el sádico tiene garantizada la completa atención de su víctima. Así puede permitirse ironías bobas, circunloquios retóricos y lecciones demoradas que se le antojarán muy brillantes ante la mirada cautiva y expectante de quien teme con horror que deje de hablar y empiece a actuar. Y eso no describe solo la relación entre sus personajes, sino también la que Tarantino establece con un público que, en ese estado de alarma, acaba sobrevalorando las referencias históricas, la fotografía efectista, la ambientación teatral y hasta los quiasmos de algunos diálogos pretendidamente felices. Todo eso sirve de coartada para las explosiones de sangre y violencia que caracterizan su manera de entender el cine. En Django desencadenado contaba con la excusa políticamente correcta del abolicionismo. Aquí parece darse la réplica a si mismo en clave casi racista. Algo manifiesto en momentos como la lectura final de esa carta ensangrentada en la que Abraham Lincoln sería amigo de un negro sanguinario o en rótulos tan explícitos como el del título del último capítulo de la película: "Hombre negro, infierno blanco". Cada vez tengo más claro que la burla, la violencia y el encanallamiento del público son las únicas pretensiones de este director. "Nadie viene hasta aquí sin una maldita razón". La frase preside el cartel de la película. Y uno no sabe si solo pretende hacer despreciables a los personajes de esta historia o si está ironizando sobre los motivos del público que le es fiel. Con razón dudé tanto sobre si debía venir.

domingo, 3 de febrero de 2013

Django desencadenado

de Quentin Tarantino. EE.UU, 2012. 165’.
2 de febrero de 2013. Cines Los Prados, Oviedo.

Django es desencadenado por King Schultz, un alemán que se dedica a buscar fugitivos para cobrar recompensas. Durante el invierno de 1858 los dos se asocian con ese fin. Luego se dirigen a Mississippi para liberar a Broomhilda, la mujer de Django, que fue comprada por un cruel terrateniente brillantemente interpretado por Leonardo DiCaprio.

Y no son menos brillantes las interpretaciones de Jamie Foxx, en el papel de ese esclavo negro que pretende rescatar a su amada de las garras del dragón, y de Christoph Waltz, en el de ese alemán locuaz que le ayuda a conseguirlo. También es arrolladora la capacidad de Tarantino para trenzar un guión que atrapa durante casi tres horas. Otra vez muestra su virtuosismo en ese género suyo en el que la sorpresa por lo que dicen los personajes estalla con tanta frecuencia como la sangre de sus cuerpos. Se ha comentado mucho la curiosa simetría entre este Django desencadenado y el Lincoln liberador que ahora comparten cartelera en nuestros cines. Django se interna en el Sur mostrándonos las vísceras sangrientas de la esclavitud, Lincoln busca cerebralmente en el Norte la manera de erradicarla. Pero los directores de estas dos buenas películas pueden ser comparados también por otras en las que abordan otro terrible tema histórico. Spielberg trató en clave edificante los horrores del nazismo en La lista de Schindler, Tarantino le sacó partido hilarante con sus Malditos Bastardos. Sobre la corrección estética y moral del enfoque de Spielberg no caben dudas. Pero en el de Tarantino cabe pensar si no estará usando la excusa de su posición políticamente correcta en esos temas para poder entrar en ellos sin pudor y sacar el mayor partido de su truculencia. Aunque Django desencadenado me ha gustado, no he dejado de acordarme de las tesis de Muñoz Molina en su polémica con Javier Marías sobre los límites de la violencia en el cine a propósito de Pulp Fiction. Después de estas dos últimas (buenas) películas de Tarantino que tanto hacen disfrutar (con coartada moral) con hechos relacionados con el mal histórico, empiezo a pensar que Muñoz Molina tenía más razón de lo que yo creía hace dieciocho años.