jueves, 18 de diciembre de 2025

Mariposas negras

de David Baute. España, 2024. 78.
18 de diciembre de 2025. Centro Niemeyer, Avilés. V.O.S.

Tres mujeres tienen que abandonar sus hogares. Huyen del colapso desde África, el Caribe o la India buscando una vida mejor para los suyos. Pero los países culpables de sus males las maltratan. El problema de fondo es el cambio climático. El que unos provocan y otros sufren.

La historia es edificante y la animación muy vistosa. Los relatos intercalados despiertan compasión hacia esas mujeres que son llamadas migrantes para ocultar su nostalgia emigrante y no reconocerles derechos como inmigrantes. Porque expulsar a un refugiado climático que emigra o a un inmigrante que llega parece más feo que negar la acogida a un migrante. Ser migrante significa no ser de aquí ni ser de allá, no tener edad ni porvenir. Ser como las aves de paso, seres en tránsito, habitantes de un limbo que no es responsabilidad de nadie. Si se habla de migrantes sus circunstancias preocupan menos que si se nombran como seres humanos que han tenido que emigrar y convertirse en inmigrantes. Pero la palabra migrante les niega lo uno y lo otro. El derecho a un origen y un motivo para su viaje y el derecho a un destino y una esperanza. Por eso hay que prostituir las palabras para cosificar a las personas sin que se note demasiado. No lo hace Rubén Blades en la canción que cierra la película ("nadie emigra porque quiere"), pero sí los discursos dominantes sobre esos millones de seres humanos que de ese modo son deshumanizados. Incluso lo hacen los rótulos finales de esta película que también cae en la trampa de nombrar como migrantes a los nadies (Galeano dixit) que, sin embargo, pretende defender. No existe lo que no se nombra. Por eso hay que hablar de inmigrantes y, sobre todo, de emigrantes.