jueves, 9 de junio de 2016

Francofonia

de Alexandr Sokurov. Francia, 2015. 87.
9 de junio de 2016. Laboral Cinemateca, Gijón. V.O.S.

París, 1940. Jacques Jaujard y el conde Franz Wolff-Metternich comparten el objetivo de preservar el legado artístico más importante de Europa. El primero es el director del Louvre. El segundo es su contraparte nazi en la Francia ocupada. Ese momento, ese lugar y esos hombres son el corazón de una película que trata de muchas más cosas. Del arte y de la guerra. De Europa y del mundo. Del siglo XX y sus herencias históricas. Y también de lo que ese tiempo nos dejó como legado.

Libérrimo documental que tiene su epicentro en las encrucijadas históricas del París ocupado de las que también se ocupó Volker Schlöndorff en su estupenda Diplomacia. Alexandr Sokurov encadena imágenes reales de aquel tiempo con recreaciones en las que podemos ver aviones de la época sobrevolando el Paris de hoy, idealizaciones de los orígenes del Louvre, a Marianne diciendo una y otra vez "libertad, igualdad, fraternidad" o a Napoleón defendiendo que es el amor al arte lo que justifica el arte de la guerra. Más que una película visualmente fascinante y por momentos sobrecogedora (por ejemplo, en la oportunísima referencia al Hermitage y al cerco de Leningrado), Francofonia es un ensayo visual en el que  la propia voz de Sukorov (como la de Patricio Guzmán en Nostalgia de la Luz o en Botón de nácar) es la que, a modo de soliloquio, nos va guiando en un relato que comienza en un presente en el que unos contenedores con obras de arte de otro museo podrían perderse en el océano en medio de la tempestad a la que se enfrenta un amigo del director. El soliloquio es tan atrevido que Sukorov sienta al final a aquellos dos personajes valientes para contarles qué les deparará el futuro. No dudo de que Francofonia es una película exigente y no apta para todos los públicos. Pero sus tesis, que las tiene,  son tan elusivas como lúcidas y críticas. Por eso me parece una reflexión que va más allá de la cinefilia. Verla y repensarla debería ser casi obligatorio para los profesores de historia y de arte que quieran ser algo más que mercenarios del libro de texto y los apuntes.