de Pedro Almodóvar. España, 2026. 111’.
21 de marzo de 2026. Cines Parqueastur, Corvera.
Tras un tiempo sin buenas ideas, Raúl está trabajando en el guion de una nueva película. Para ello echa mano de cosas que le han pasado a él y a las gentes de su entorno. Y eso es lo que vemos: las migrañas y ataques de pánico de Elsa (que también es una directora de culto), su relación con su pareja Bonifacio (un bombero que trabaja como streapper) y los encuentros en Lanzarote con su amiga Patricia (a la que engaña su marido) o con Natalia (que no supera el dolor por la muerte de su niño). También están Mónica, la asistente permanente que ahora va a dejar a Raúl, y Santi, ese buen hombre que vive con él y todavía le aguanta.
Mucha gente y varios planos para una historia con pretensiones de entreverar la ficción, la metaficción y hasta esa subficción que parece bucear en la vida y obra del director manchego más colorista. La autoficción la reservo para ese diálogo final que es, a la vez, lo mejor de la película y un repertorio de argumentos para no haberla hecho (o no haberla hecho así). Y es que el propio Almodóvar (en realidad, su asistente) pareciera estar anticipando el trabajo de Boyero, logrando a la vez cosas tan curiosas como ponerse a caldo y reivindicar su genialidad. Lo cierto es que, al margen de ese duro haraquiri o bonito broche final, Amarga Navidad tiene en la verosimilitud de las situaciones, en la escritura de los diálogos y en el descuido de los personajes, algunos de los defectos típicos de buena parte del cine de Almodóvar. Él intenta compensarlo con sus típicos combinados cromáticos y con esa comicidad esperpéntica que han dado a su apellido la incierta gloria de convertirse en adjetivo. Pero no resulta suficiente para que llegue a ser una buena película esta Amarga Navidad.
