de Phil Lord y Christopher Miller. EE.UU., 2026. 156’.
28 de marzo de 2026. Multicines Béjar.
Ryland Grace despierta de un coma inducido a bordo de una nave espacial que se aleja de la Tierra. Él es el único pasajero vivo, pero su misión es muy importante. El Sol se apaga y el final de la vida en la Tierra puede estar cerca si no se encuentra la forma de acabar con unos extraños macrófagos que desde Venus están chupando la energía del Sol. Grace enseñaba ciencias a adolescentes, pero un artículo que había publicado sobre la posibilidad de vida sin agua llamó la atención de la comisión encargada de organizar una misión a un planeta en el que podría estar la solución. Pero está a 10 años luz y es un viaje sin retorno. Grace se encontrará allí con Rock, un alienígena que busca la misma solución para su planeta. Los dos se harán amigos y colaborarán en la empresa.
La idea podría estar emparentada con Marte o Interestelar, pero Ridley Scott y Christopher Nolan se toman más en serio sus aventuras espaciales. Las imágenes son llamativas, la historia se sigue con interés y quizá haya elementos científicamente fundamentados en la historia, pero el tono desenfadado y buenrrollista resulta extraño en unas gentes que supuestamente tienen en sus manos el futuro de la Humanidad. Por otra parte, aunque esté en la novela original, la idea de dejar sin rostro al extraterrestre y hacer que se asemeje a un crustáceo pétreo acaba haciendo que casi parezca una mascota de ese humano tan majo y tan guapo que interpreta Ryan Goslin. Por lo demás, el problema de la comunicación entre los dos se resuelve sin entrar en sutilezas como las que planteaba Denis Villeneuve en La llegada. Así que resulta extraño ese talante alegre y colaborador de los estadounidenses con los extraterrestres en esta película, con lo mal que tratan en su país a los terrestres no gringos y su belicosidad habitual en el resto del planeta.
