domingo, 1 de noviembre de 2026

La Gradiva

de Marine Atlan. Francia, 2026. 145’.
1 de noviembre de 2026. Teatro Carrión, 71º Semana Internacional de Cine de Valladolid (Sección oficial). V.O.S.

Unos jóvenes franceses visitan el Vesubio y las ruinas de Pompeya en su viaje de estudios. Van con una profesora entusiasta del arte y la cultura clásica, pero los intereses del grupo son muy diversos. De modo que la experiencia será muy distinta para ellos. Incluso trágica para algunos.

La actitud de la profesora podría ser la propia de un viajero del Gran Tour, pero quienes la acompañan no son jóvenes aristócratas de la Inglaterra pretérita sino adolescentes de la actual escuela pública francesa. Como el mal de escuela (además de un libro de Pennac) es casi un género del cine francés y un tema permanente en el debate nacional, no es de extrañar que esta película esté alcanzando allí unas cotas de taquilla cercanas a las de esas comedias que "ya han visto millones de franceses". Es indudable que como retratista de adolescencias en viaje de estudios es mucho mejor Jonás Trueba (Quien lo impide: Si vamos 28, volvemos 28-), pero hay que reconocer que en el final de la historia Marine Atlan consigue resituar a los personajes y sus relaciones con cierta sutileza. La Espiga de Plata parece un premio excesivo, pero no hay duda de que la película se verá y comentará con agrado. También en las salas de profesores.

Dao

de Alain Gomis. Senegal, 2026. 185’.
1 de noviembre de 2026. Teatro Carrión, 71º Semana Internacional de Cine de Valladolid (Sección oficial). V.O.S.

Momentos intercalados de una boda en Francia y de un homenaje a un hombre fallecido en un poblado africano. Algunos de los participantes son los mismos en los dos eventos. En los dos se hacen ritos, se bebe, se baila y se pelea. 
 
Al comienzo de estas tres horas excesivas vemos lo que parece un casting de actores para la película. Serán los más visibles en este documental muy coral que parece un reportaje antropológico sobre las formas de celebración de los subsaharianos franceses y las de los habitantes actuales de los poblados africanos que un día fueron colonizados. La cosa tiene el mismo interés que sentarse en una esquina a contemplar un sarao (en realidad dos) con gente que disfruta (o no tanto). Hay pretensión de que haya equilibrio entre las dos ceremonias y, seguramente, se pretende que la película se adscriba a planteamientos anticoloniales. Pero lo cierto es que la bonita banda sonora distancia y opaca más lo que dicen y hacen los negros del funeral africano que lo que pasa y se cuenta en la boda francesa. Extraña bastante la Espiga de Oro que le han dado a esta película. Pero casi extraña más que no haya habido pateo tras la proyección. Quizá lo explique el cansancio del público. O simplemente las ganas de salir.