de Mary Bronstein. EE.UU., 2025. 113’.
20 de enero de 2026. Cines Ocimax, Gijón. V.O.S.
El marido de Linda trabaja fuera y atender a su hija resulta muy difícil para ella. La pequeña necesita una sonda de alimentación porque, sin que se sepa el motivo, no gana peso. De repente, surge otro agujero en su vida. El que se ha abierto en el techo de la casa y las obliga a vivir en un hotel. Su capacidad como psicóloga para ayudar a sus clientes también naufraga, igual que su confianza en el terapeuta que la atiende. Así que, salvo en el alcohol, Linda no encuentra ninguna ayuda para salir adelante.
El sonido de la máquina que le suministra el suero a la niña es permanente y estresante. Sin embargo, Mary Bronstein tiene el acierto de no mostrarla durante casi todo el metraje. La suya es una presencia insistente, pero siempre en fuera de campo. Los primeros planos del rostro de Linda y sus derivas diversas pueden hacer pensar que el personaje de esa madre es el protagonista absoluto de la historia. Y, sin duda, lo es por el magnífico trabajo de Rose Byrne. Sin embargo, aunque esta película de título extraño retrata muy bien el sufrimiento de esa mujer al borde de un ataque de nervios, lo que Mary Bronstien consigue, y seguramente pretende, es más que eso. Alrededor de la protagonista pululan otros seres atomizados, protocolizados, agobiados y agobiantes. De la aspereza general solo se salvan James, el joven negro dispuesto a facilitarle droga a Linda y la otra joven madre que, sin ninguna maldad, vive en la angustia más extrema. Hay un momento en que el terapeuta de Linda, tan desquiciado como ella, le cuenta como era la vida y la muerte de las ratas del laboratorio en el que él hacia prácticas cuando era estudiante. Y en ese otro agujero metafórico de la historia seguramente se encuentra otra clave de esta incómoda película que quizá no retrata solo la desazón de una madre sino la tragedia existencial de la sociedad norteamericana contemporánea.
