jueves, 27 de agosto de 2026

El ser querido

de Rodrigo Sorogoyen. España, 2026. 135’.
27 de agosto de 2026. Cines Alkazar, Plasencia.

Después de mucho tiempo, Esteban Martínez vuelve de Nueva York para dirigir su nueva película en España. Es un director muy prestigioso desde Siroco, aquella película icónica que filmó con pasión en un momento turbulento de su vida. Desierto tendrá como escenario el Sáhara español en los años treinta y Esteban quiere que en ella tenga un papel protagonista su hija Emilia. No la ve desde que abandonó a su madre cuando ella era solo una niña. El reencuentro será difícil para los dos. Y también los días de filmación en Fuerteventura.  
 
Javier Bardem y Victoria Luengo no pueden estar mejor en este reto interpretativo con unos personajes que Sorogoyen ha querido y conseguido que sean mucho más que los protagonistas de una historia. Porque no vemos solo a un padre/director frente a una hija/actriz sino, sobre todo, la forma en que cada uno de ellos mira, contempla y juzga al otro. Las dos perspectivas son igual de relevantes y no hay más juicio sobre cada uno de ellos que el que nos aporta la mirada del otro. Ese es uno de los grandes méritos tanto del guion como de la dirección de esta película superlativa en la que ambas cosas son a la vez urdimbre y trama de este ensayo fílmico sobre cómo se trenza la vida y cómo se tejen las películas. A veces el azar nos ofrece coincidencias reveladoras. Nosotros vemos esta joya de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña (quizá la más perfecta de su excelente cine) dos días después de haber visto, en la Feria de Teatro de Ciudad Rodrigo, Autorreverse, una propuesta teatral extraordinaria que también ocurría en el desierto y en la que un hombre y una mujer ahondaban sobre la posibilidad de que cada uno pudiera acceder a la mirada del otro. Igual que esta película, aquella obra ponía al público en la posición privilegiada de contemplar desde fuera lo que cada uno de ellos ve del otro desde dentro. El ser querido es una lección  de cine en la que se muestra también el bastidor y el taller en el que se esculpe el tiempo de cada historia. Por eso esta película, que merece ser mucho más valorada que esos sirocos que provocan tanto arrebato, me ha recordado la maestría con que Víctor Erice nos ofrecía en Cerrar los ojos un homenaje a la mirada, a la memoria y al cine. El ser querido es una película formalmente mayúscula que podrá ser analizada en conjunto y por partes en las escuelas de cine, pero también una historia soberbia que sin estridencias tiene la virtud de ofrecer mucho (las escenas de las dos comidas, las metáforas volcánicas en el desierto, los momentos en los balcones...), pero dejar también espacio al espectador para reflexionar sobre la forma en que el encuadre, el color, la textura, la luz o el formato juegan un papel crucial para sintonizar las miradas de quien dirige y quien contempla. Y, por si todo eso fuera poco, en El ser querido  también queda espacio para subtextos sobre los códigos generacionales, sobre la relación entre la película que se filma y la que vemos, y sobre las relaciones de poder y afecto entre los seres queridos y los odiados, mitificados u olvidados. Por eso El ser querido trata de un padre y una hija,  de un cineasta y una intérprete.