domingo, 18 de octubre de 2026

Kakeru

de Hirokazu Koreeda. Japón, 2026. 126’.
18 de octubre de 2026. Cines Los Prados, Oviedo.

Hace dos años que Kakeru murió en un accidente. La posibilidad de volver a tenerlo en casa en versión humanoide hace que sus padres se decidan a visitar la empresa que les creará otro Kakeru. Desde el primer momento parece haber continuidad entre el niño sintético y el hijo fallecido. Pero la madre y al padre se plantearán dilemas existenciales. Como los de ese niño que aspirará a una vida silvestre.  

Kakeru no tiene nada que ver con la ciencia ficción ni con las distopías en el sentido inquietante del término. En esto se parece menos a películas de humanoides (al estilo de Un amigo para Frank, Ex_Machina, Despidiendo a Yang, Del inconveniente de haber nacido o  Singular) que a Her la magnífica película de Spike Jonze sobre el amor en los tiempos de la inteligencia artificial. De hecho, la poética despedida final del niño hacia un mundo felizmente feral recuerda a la de Samantha susurrando a Theodore que se va con los enjambres digitales. La ausencia de fascinación tecnológica prospectiva y su cadencia sosegada pueden hacer que Kakeru defraude a quienes esperen ovejas eléctricas y no esa oveja en la caja (el título original de la película) que depende de la imaginación de quien la recibe. Y es que, además de la referencia expresa al pasaje de El Principito, Kakeru rima sobre todo con la propia trayectoria de Koreeda y su variado retablo sobre la familia. Hay ecos de Nadie sabe en esos niños perdidos que allí abandonaban la casa y aquí buscan un paraíso en el bosque. También los hay de Un asunto de familia sobre aquella que era extrañamente feliz en ese rincón entre edificios en el que enterraron a la abuela, tan simétrico de la pequeña colina en la que la madre arquitecta de Kakeru proyecta una vivienda para otra familia a la que no acompañará la abuela. También hay parentescos generacionales y paisajísticos con el japonesísimo hogar de Still Life. De modo que Kakeru hay que contemplarla como un ejercicio paciente de sutilezas sobre el duelo y el amor, sobre la pena y la culpa, sobre la continuidad entre el pasado y el futuro. Pero también como un pequeño tratado sobre el agua, la madera, la arquitectura y los árboles (con rizomas poéticos que unen al olivo y al cedro de esta historia con el Ginkgo Biloba de Silent Friend). Así que en la misma semana en que el pirado más rico del mundo ha creado un coche volador, podemos disfrutar del sosiego reflexivo con que el maestro Koreeda defiende que entre la distopía y la utopía sigue habiendo espacio para la antropía.