de Yuval Abraham y Rachel Szor. Reino Unido, 2026. 80’.
12 de octubre de 2026. Cines Ocimax, Gijón. V.O.S.
De noche. En azoteas de Tel Aviv, algunos militares israelíes que diseñaban o controlaban los algoritmos con los que se bombardeaba sistemáticamente Gaza, responden a las preguntas de Yuval Abraham. Lo que describen es la táctica y la estrategia del horror. La que denomina Naza al número de civiles que morirán en cada ataque. Los entrevistados no recuerdan haber tenido entonces sentimientos de culpa o compasión. Y estos son los arrepentidos. Los que se han dado cuenta de que su actitud era la misma que la de los nazis que llamaban piezas a los judíos que asesinaban. Nos cuentan cómo asistían a través de los móviles a la vida cotidiana de quienes estaban a punto de morir. Y cómo escuchaban después los gritos de los niños agonizantes.
Si esto es un Estado. Lo dijo en una entrevista el propio Primo Levi refiriéndose al de Israel. Algunos de los que aquí se atreven a hablar dicen frases casi iguales a las que utilizaba Eichmann en el juicio de 1962. Lo que escuchamos es sobrecogedor y nos lleva a preguntarnos si puede haber poesía después de Gaza o si se pueden contar personas después de Naza. Yuval Abraham acierta al ocultar los rostros de estos hombres, ahora verdaderamente valientes, que responden a sus preguntas. Y también acierta al ocultarnos los rostros de las personas que vemos llevando vidas plácidas en sus casas de Tel Aviv (unas vidas como las que mostraba Jonathan Glazer -uno de los productores de esta película- en La zona de interés). Los vemos como desde una ventana indiscreta que nos permite contemplar a Netanyahu en los noticiarios. Aparece en las inmensas pantallas de esos hogares cómplices de la destrucción inmisericorde de los de las familias palestinas a solo sesenta kilómetros. Hace dos días veíamos en El precio de la red cómo se diseñan los algoritmos que fanatizan a las personas y las convierten en zombis de la ultraderecha. Estaría bien que en la próxima campaña electoral pudiéramos ver durante ochenta minutos otros rostros en silencio. Los de los líderes de la derecha y la ultraderecha mientras ven este documental. Y también los rostros de sus madres mientras los miran a ellos. Porque, como cantaba Lluis Homar en Cerca de tu casa, un hombre que mata a otro hombre es un hijo que mata a otro hijo.
