de José Luis García Sánchez, España, 2011. 90’.
24 de octubre de 2026. Centro Niemeyer, Avilés.
El abuelo acaba de morir y la familia espera que les instalen un televisor. Gentes variopintas pasan por la casa en la que se produce el óbito hasta el momento del entierro. Todo es abigarrado, españolísimo y muy cómico.
Se programa esta sesión con motivo del centenario de Rafael Azcona, el autor de la novela en que se basa la película. Y se proyecta, sin presentación ni coloquio, en la víspera de la muerte de su director. La sesión va precedida de Se vende un Tranvía, un corto radicalmente azconiano y berlanguiano de 1959. Ese es precisamente el año en que transcurre esta historia de cuerpo presente que fue hecha en blanco y negro casi cincuenta años después. El guion es divertido y trepidante, el espacio confinado y opresivo (a la manera de Sieranevada, pero con mucha más gracia) y las interpretaciones entrelazadas prodigiosamente con maneras que parecen más propias del teatro que del cine. Así que descansen en paz Rafael Azcona y José Luis García Sánchez. En un día tan señalado hemos disfrutado lo indecible con su genialidad funeraria. Habíamos visto esta película hace quince años en los añorados Cines Marta, pero ha sido muy grato recuperarla en este día en que cambia la hora y los relojes se atrasan.
