miércoles, 10 de junio de 2026

La luz

de Fernando Franco. España, 2026. 118’.
10 de junio de 2026. Cines Ocimax, Gijón.

Manuel tiene previsto colgar pronto los hábitos. Es un buen cura al que valoran mucho sus feligreses, pero le persigue lo que hizo hace treinta años. Uno de los tres niños de los que abusó entonces le ha denunciado ahora. 
 
Fernando Franco sabe ahondar como nadie en las zonas más oscuras de la condición humana. Y lo hace siempre con un naturalismo conmovedor, evitando los trazos gruesos y los juicios obvios. Por eso son tan buenas películas suyas como La herida, Morir, La consagración de la primavera o Subsuelo. La luz se centra en un tema tan candente como el de los casos de abusos en la iglesia católica. Franco no es el primero que lo trata (ahí están otras tan interesantes como El club de Pablo Larraín, Spotlight de Thomas McCarhty, Gracias a Dios de François Ozon o Mantícora de Carlos Vermut), pero quizá sea el que mejor ahonda en la culpa que siente quien cometió aquellos abusos en el pasado y no busca ahora ningún perdón, sino su propio martirio para servir, quizá, de ejemplo a quienes cometieron o protegieron actos tan execrables como los suyos. Manuel lleva al límite la vivencia sincera del catolicismo por parte de ese personaje haciendo que su conducta parezca, a veces, tan inverosímil como la del protagonista de Escape, la magnífica película de Rodrigo Cortés. La luz es, en cierto modo, el contrapunto de Los domingos. Siendo las dos muy naturalistas, Fernando Franco trata aquí un tema mucho más relevante sin plantear ambigüedades ni promover falsos dilemas. Y evita mostrar la truculencia de los actos para centrarse en las consecuencias a largo plazo, tanto para las víctimas (son escenas breves, pero magníficas, esos encuentros de Manuel con dos de ellas ya adultas) como para ese cura que al conocerlos es aún más consciente de que el remordimiento íntimo no es suficiente. Sin cargar las tintas ni hacer demagogia, Fernando Franco esboza la cuestión del celibato como causa primera de esas tragedias, y también la responsabilidad de las jerarquías eclesiásticas que han dado la espalda o se han puesto de perfil en estos temas. Tras su excelente trabajo en La cena, la forma en que Alberto San Juan interpreta magníficamente a este cura seguramente le hará ganar un Goya que ya tenía bien merecido con aquella película. A su lado hay un elenco soberbio del que forman parte nada menos que Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Ramón Barea, Pablo Gómez-Pando, Nacho Sánchez y Luis Callejo. Y no quiero olvidarme de Antonio Zafra que borda aquí el papel de Jaime, ese sacristán que no habla, pero se entiende muy bien con Manuel. Él es el verdadero ángel de esta historia y su relación con el cura pone de manifiesto que la bondad, la esperanza, la compasión y la piedad son, junto con el perdón, los valores más importantes y reivindicables del catolicismo.