de Beth de Araújo. EE.UU., 2026. 120’.
26 de septiembre de 2026. Teatro Victoria Eugenia, 74º Festival de San Sebastián (Sección Perlak). V.O.S.
Una niña de ocho años sale una mañana temprano con su padre para entrenar en un parque de San Francisco. En un momento en que está sola, contempla tras un árbol cómo un joven viola a una chica. Su padre llama a la policía y ayuda a los agentes a buscarlo. La niña no entiende lo que ha pasado. Tampoco las discrepancias entre sus padres sobre la forma de protegerla. Ni el papel que ella tendrá en el juicio.
Beth de Araújo logra mantenernos todo el tiempo en el punto de vista de la niña. Desde los primeros segundos, con esa cámara subjetiva tan retadora, ella es siempre la protagonista. Se trata de un relato sobre la violencia sexual, pero también es una reflexión sobre el mal, sobre la inocencia y sobre las formas de afrontar el miedo en la cultura norteamericana contemporánea. El azar ha colocado a esa niña frente a algo que no puede manejar, por eso la presencia hierática y fantasmal del agresor en el entorno de la niña es una forma perfecta de retratar la tormenta emocional a la que ha de enfrentarse sin que le sirvan de ayuda los consejos y las presiones de los adultos. La escena del comienzo en el coche de policía y de la parte final en el juicio muestran también la rigidez y aspereza institucional en situaciones como esa. Por lo demás, Josephine despertará interesantes debates sobre las responsabilidades parentales, sobre lo que se debe ocultar o no a los niños, sobre la cultura de la violación y sobre las causas y consecuencias del miedo. No tiene mucho que ver, pero por la contención, la hondura de los temas y los bretes dilemáticos en que nos coloca, el trabajo de Beth de Araújo en Josephine me ha recordado al de Fran Kranz en Mass. Nada menos.
